"Masturbarse es hacer el amor a la persona que uno más quiere"
Woody Allen
Los miembros de la Iglesia Adventista del Séptimo Día son desde hace un siglo y medio una rama del cristianismo que se pasan unos a otros cómo si de una patata caliente se tratase, no son católicos, no son protestantes, ni calvinistas ni metodistas, son una forma extraña de fijistas que aparte de no alterar una sola línea del antiguo testamento como dogma y verdad absoluta exenta de juicio o interpretación teológica, que combinan con bastante arte sus sueños apocalípticos cómo una forma de acabar con el pecado con una sana alimentación. Corría finales del siglo XIX, EEUU, concretamente Michigan, ya hemos visto a vuelapluma cómo se las gastaban en Inglaterra por aquellos años, pero al otro lado del atlántico las cosas eran un poquito más variopintas. Los hermanos Kellogg eran adventistas hasta la médula, y tenían tanto pánico a pecar que se asume que el hermano que nos toca hoy, el doctor John Harvey Kellogg, murió célibe sin llegar a consumar el matrimonio hasta el punto de adoptar los hijos con tal de no caer ante el impulso natural de la carne. Ya había ganado cierto renombre en la zona cuando estuvo al frente del "Battle Creek Sanitarium", que era un híbrido indefinido de psiquiátrico, balneario y hospital tradicional regido de acuerdo con las creencias nutricionistas adventistas. J.H. Kellogg convencido de que una inestabilidad cerebral podía ser curada con una buena limpieza del intestino (casi "ná"!!!) inventó una máquina con la que depuraba los intestinos metiendo a una presión de casi un fueraborda agua tanto por la garganta como por el ano del paciente terminando con una gran dosis de yogur en el recto para que las bacterias del lácteo terminasen de depurar las entrañas del lunático.
No se puede decir que J.H. Kellogg no tuviese absoluta convicción por su ciencia y su doctrina combinadas. Pero si había algo que odiase hasta el punto de resultar pecaminoso odiar era la masturbación. Ese instinto animal de darse placer a uno mismo le parecía tan monstruoso que llegó a calificarlo como "una perversión que colocaba al pecador por debajo del estatus de una serpiente", una forma cursi de llamarlo indigno y demoníaco. El doctor Kellogg, había ya escrito varias tesis contra la masturbación, proponiendo formas imaginativas a la par que eficaces (por el propio bien del paciente) como:
Un saco bien prieto en torno a la zona genital para evitar tanto el tacto como casi la circulación...
Un pequeño circuito de agua fría que una vez el miembro viril estuviese suficientemente estimulado liberase la descarga de gélido líquido en torno a los testículos (esta última solo fue teórica)...
Un cinturón de castidad donde se insertaba el pene en una superficie rígida de metal que emulaba la postura flácida del miembro evitando así cualquier alternativa de erección...
Un pequeño saco como un calcetín coronado por un final de cápsula de hierro con pinchos de metal hacia dentro para que perforasen el glande a medida que la excitación resultase irrefrenable...
Así hasta más de una treintena de ideas completamente antinaturales para refrenar el instinto sexual, resumido con dos formulas absolutamente simples, en el caso de los varones rodear el glande en estado de reposo por un hilo de plata para que taponase de forma dolorosísima el flujo sanguíneo en el caso de los hombres, y para las mujeres (el buen doctor tenía para todos) rociar unas gotas de ácido sobre el clítoris de la pecadora. Todas estas descabelladas teorías y ejercicios de sadismo moralista se acompañaban de un "concienzudo" estudio de los alimentos que según los adventistas harían más fácil evitar la tentación. La carne era prácticamente pecado en sí misma, así que nada más inocente y nutritivo que el maíz (a pesar que algún pecador como Jack Daniel lo usase para hacer Whisky en Tennessee). Eso era el alimento perfecto, y de no ser por la intervención del hermano del doctor Kellogg, que interpuso su gran visión comercial a la inamovible convicción de aportar un alimento que frenaba el instinto a la masturbación, le añadieron azúcar. Hoy en día los cereales han evolucionado tanto como el concepto onanista, muy lejos de lo que el doctor Kellogg hubiese deseado, tan convencido, tan puro, tan miserable. El sexo ha evolucionado, a Dios gracias, contra todo tipo de barrera y limitación. Pero ese análisis será, como siempre acostumbra OTRA HISTORIA.
(La totalidad de este artículo ha sido escrito escuchando "Porgy and Bess" de Gershwin)

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