"Cuando se está cansado de Londres, se está cansado de la vida"
Samuel Johnson
Y HAY TAN pocas ciudades que le dejen a uno tan poco indiferente como Londres. No es una ciudad, es un ser vivo que se va acostumbrando al siglo en que vive sin olvidarse del orgullo de sus raíces y sus tradiciones. Millones de turistas la visitan al año, y nunca falla escuchar a uno, una o varios que designan algo en la ciudad bajo el adjetivo "Victoriano": un juego de tazas de té victoriano en cualquier tienda de souvenirs; un edificio victoriano cuando pasas por toda la zona noble desde el distrito de Westminster hasta Hyde Park, una película que representa la Inglaterra victoriana todas aquellas en la que se ve la versión más británica de Anthony Hopkins en algún "manor" (estado o palacete) de un gran señor a principios del siglo XX. Y ahí radica el error, eso no es Victoriano, en todo caso sería "Edwardiano" ya que entra más en el reinado del hijo de la Gran Reina Victoria, máximo exponente del imperio británico. Si paseas por Kensington te encuentras el Albert Memorial, el Royal Albert and Victoria Museum, y el Royal Albert Hall. No hay nada más Victoriano que eso. La gran reina Victoria consolidaba el vasto imperio británico mientras lloraba la temprana muerte de su marido Albert, al que nunca dejó de querer. Nunca más se quitó el luto, y durante un tiempo le fue tan difícil aceptar la realidad que tenía a un asistente preparando diariamente ropa, baños, desayuno y agenda del consorte real como si este siguiese vivo. Poco a poco fue diluyendo su recuerdo en whiskey, pero no en el "agua de vida" (uische beatha, en gaélico) que era lo que la gente sofisticada bebía, sino por el whisky escocés y claro, como ella era la reina, la tendencia cambió para siempre. Victoria fue la primera inquilina del palacio de Buckingham, la que pasaría a ser a partir de ese momento la residencia oficial de los reyes de Inglaterra, pero ese glamour distaba mucho de la ciudad de Londres, así que bajaremos un peldaño.
El Londres de Oscar Wilde, que a pesar de ser un ilustre irlandés (imperio británico por aquella época) no tuvo reparos de encontrarse casi como en casa junto a la alta burguesía británica, los clubes sociales donde los caballeros atendían su vida social y discutían de el avance del imperio y sus asuntos personales. Un Londres muy distante de cualquier tipo de sistema judicial, ya que con un "Lord" delante del apellido se llegaba mucho más lejos que con un nombre bonito. Donde los impuestos por renta y propiedades eran tan bajos que la clase pudiente era simplemente incapaz de dilapidar sus rentas sin incrementar sus riquezas. Un mundo donde un oficial del ejército tan incapaz como Lord Cardigan podía mandar a la muerte a toda la caballería ligera en la guerra de Crimea e irse después de la masacre a su yate a beber bien y comer caviar, sin temer que un consejo de guerra le juzgase por inepto de vuelta a Inglaterra. Al contrario, su chaqueta de lana para evitar el frío en la península ucraniana fue replicada y vendida por toda Inglaterra como churros. Es lo que ahora se conoce como rebeca o cardigan, como se le sigue llamando hoy en día por tierras anglosajonas. Pero también era un Londres de una ciencia con vaivenes. Tan pronto era tan seria como para inaugurar la central de los naturalistas cerca del monumento al difunto Albert, la National Geographic, como investigaba medicina al más puro estilo de "prueba-error". Por poner un ejemplo muy curioso y muy de Wilde, la sociedad puritana era terrible en cuanto a sexualidad se refiere. Entonces, como le puede pasar a cualquier persona insatisfecha en ese terreno, puede producir cierto estrés. A mediados del siglo diecinueve eso se denominaba Histeria Femenina. La palabra histeria tiene origen griego y quiere decir útero, y por aquellos días se consideraba el útero como una especie de órgano abstracto que se iba moviendo por el cuerpo de la mujer. Queda aclarar en este punto que estas cosas por muy raras que parezcan no me las estoy inventando, dicho esto seguimos. La única forma aparente de calmar los humores de la histeria era un masaje en la vulva de la mujer, buscando lo que los especialistas llamaban un "paroxismo histérico" a lo que hoy llamaríamos un orgasmo, pero como los especialistas estaban convencidos de que una mujer era incapaz de disfrutar de un orgasmo sin la penetración del órgano sexual masculino, le daban y le daban al brazo de la paciente que lejos de disfrutar abiertamente iban acompañadas de sus maridos, sus madres o algún familiar cercano. Esto hacía que la consecución del "paroxismo" fuese muy trabajosa. Hasta el día que un Dr. Mortimer Grandville, harto de darle al brazo inventase una máquina a vapor para hacerse cargo del masaje. Lo que fue una revolución terapéutica disponible en cualquier tienda para aliviar la "histeria" hoy lo llamamos vibrador o consolador. Cómo cambia el cuento. Pero eso era la alta sociedad, bajemos otro escalón.
El Londres de la escasa clase media de Lewis Carroll. Por todos es querida la obra de Carroll en la que Alicia con más ignorancia que ingenio desafía lo onírico del mundo abstracto y psicotrópico de las maravillas. En especial hay un personaje al que todos queremos. El sombrerero. Pues si en España el grado de locura llega a su zenit en la forma de una cabra, en Inglaterra se dice que "estás más loco que un sombrerero". Y efectivamente estaban locos, porque para hacer manejables los gorros de piel de castor, los cuales exportaron por cientos de miles al año hasta que acabaron con todos los castores europeos, bañaban los cueros en nitrato de mercurio. Esos baños eran tan volátiles como ponzoñosos, y rápido los sombreros perdían los dientes, el habla y la razón entre fuertes temblores y convulsiones. Pero habían otras profesiones tan extrañas como rentables. Estaba la del "salchichero", que no es que hiciese embutidos, sino porras de distintos materiales y tamaños, que en función del daño que pudiese ejercer subía el precio y eran muy preciadas por los maleantes londinenses porque se escondían fácilmente en las mangas de las chaquetas. De todas formas, Londres contaba con un cuerpo de apenas seis mil hombres para una ciudad de cinco millones de habitantes en mitad del siglo XIX, así que no hacía falta esconderla demasiado. Otra profesión curiosa era la de los cazadores de ratas, que iban por las grandes casas de campo ofreciendo eliminar las plagas de roedores por un precio muy bajo con la condición de dejarles llevar las ratas vivas. Y tenía su explicación. En los Pubs londinenses eran muy comunes las peleas de perros contra ratas para entretenimiento y apuestas, y las ratas de campo presentaban mejor batalla que las de ciudad y eran mucho más limpias con lo que en caso de mordedura al perro no le pasarían enfermedades. Era tan común este espectáculo que en una semana normal de negocio un tabernero podía comprar dos mil ratas a los cazadores.
Y por último el Londres de Marx y de la clase obrera y la revolución industrial (de esta última hablaremos en otro capitulo), una ciudad oscura, donde las casas se hacinaban en estrechos y malolientes calles y callejuelas donde apenas se podía ver lo que ellos mismos llamaban "puré de guisantes" que no es que fuese niebla, sino el hollín del carbón de fabricas y estufas que junto a la humedad creaba una película insalubre que no permitía visibilidad a más de viente metros. La gente venía a trabajar a las fábricas sin un lugar donde caer muerto. Quién traía algo de dinero podía dormir en palomares con otros veinte individuos. El que traía un poco menos dormía en lo que se llamaban los "hoteles de las arcadas" que eran tugurios bajo los arcos de las vías de los trenes, y el que menos tenía se iba a la zona del puerto en el extremo este de la ciudad, donde por un penique les pasaban una cuerda por dejado de los sobacos y los colgaban como jamones, era lo que se llamaba sin demasiada imaginación "colgados de a penique". A Londres venían del orden de un millar de personas al día, y la tasa de mortalidad rondaba los tres mil al día. Esto hacía que el de Pompas fúnebres fuese uno de los mayores negocios. Uno de los productos más vendidos fue el ataúd de Bateson, un hipocondríaco que lo que más temía en el mundo era ser enterrado vivo por culpa de una catalepsia o un coma. Así que inventó este sencillo sarcófago de madera, con respiradores a los lados y un sistema de campanas en el exterior directamente conectadas a la muñeca del supuesto muerto, así si resucitaba podían oírle en el exterior. De ahí ha llegado a nuestros días la expresión "salvado por la campana". A pesar de hacer una inmensa fortuna con este sistema y haber sido reconocido como Caballero por la reina en persona, esto no calmó el pánico de Bateson, que al más puro estilo Poe, en un ataque de pánico a ser enterrado vivo, una noche en su taller se roció aceite de lino y se inmoló. Era una era miserable, donde los niños trabajaban como deshollinadores y en las minas desde los escasos cinco años, veinte horas al día. El trabajo en la minería era algo más que una necesidad por que con la revolución industrial se había llegado casi a talar la totalidad de los arboles en Inglaterra en apenas veinte años. Pero eso a Victoria no le interesaba, solamente se ocupaba del Imperio y de llorar a Albert. Durante su reinado se inauguró la plaza de Trafalgar, el "Tower Bridge" y un fabuloso monumento en el anteriormente mencionado y querido (para mí personalmente) barrio de Kengsington, miles morían al día en el corazón de la cruz de San Jorge pero Victoria solo lloraba a uno, ese fue su legado junto a la hemofilia de sus descendientes que pasó a infectar a todas las casas reales de Europa. Hasta finales del siglo, en el que una serie de extraños asesinatos se dieron lugar en la miserable zona de East End (en 2012 se hicieron los Juegos Olímpicos ahí, mira si cambia el cuento), cruentos homicidios que dieron a luz al siglo XX, al nuevo periodismo y a los sistemas de investigación policiales. Pero eso SERÁ OTRA HISTORIA.
El Londres de Oscar Wilde, que a pesar de ser un ilustre irlandés (imperio británico por aquella época) no tuvo reparos de encontrarse casi como en casa junto a la alta burguesía británica, los clubes sociales donde los caballeros atendían su vida social y discutían de el avance del imperio y sus asuntos personales. Un Londres muy distante de cualquier tipo de sistema judicial, ya que con un "Lord" delante del apellido se llegaba mucho más lejos que con un nombre bonito. Donde los impuestos por renta y propiedades eran tan bajos que la clase pudiente era simplemente incapaz de dilapidar sus rentas sin incrementar sus riquezas. Un mundo donde un oficial del ejército tan incapaz como Lord Cardigan podía mandar a la muerte a toda la caballería ligera en la guerra de Crimea e irse después de la masacre a su yate a beber bien y comer caviar, sin temer que un consejo de guerra le juzgase por inepto de vuelta a Inglaterra. Al contrario, su chaqueta de lana para evitar el frío en la península ucraniana fue replicada y vendida por toda Inglaterra como churros. Es lo que ahora se conoce como rebeca o cardigan, como se le sigue llamando hoy en día por tierras anglosajonas. Pero también era un Londres de una ciencia con vaivenes. Tan pronto era tan seria como para inaugurar la central de los naturalistas cerca del monumento al difunto Albert, la National Geographic, como investigaba medicina al más puro estilo de "prueba-error". Por poner un ejemplo muy curioso y muy de Wilde, la sociedad puritana era terrible en cuanto a sexualidad se refiere. Entonces, como le puede pasar a cualquier persona insatisfecha en ese terreno, puede producir cierto estrés. A mediados del siglo diecinueve eso se denominaba Histeria Femenina. La palabra histeria tiene origen griego y quiere decir útero, y por aquellos días se consideraba el útero como una especie de órgano abstracto que se iba moviendo por el cuerpo de la mujer. Queda aclarar en este punto que estas cosas por muy raras que parezcan no me las estoy inventando, dicho esto seguimos. La única forma aparente de calmar los humores de la histeria era un masaje en la vulva de la mujer, buscando lo que los especialistas llamaban un "paroxismo histérico" a lo que hoy llamaríamos un orgasmo, pero como los especialistas estaban convencidos de que una mujer era incapaz de disfrutar de un orgasmo sin la penetración del órgano sexual masculino, le daban y le daban al brazo de la paciente que lejos de disfrutar abiertamente iban acompañadas de sus maridos, sus madres o algún familiar cercano. Esto hacía que la consecución del "paroxismo" fuese muy trabajosa. Hasta el día que un Dr. Mortimer Grandville, harto de darle al brazo inventase una máquina a vapor para hacerse cargo del masaje. Lo que fue una revolución terapéutica disponible en cualquier tienda para aliviar la "histeria" hoy lo llamamos vibrador o consolador. Cómo cambia el cuento. Pero eso era la alta sociedad, bajemos otro escalón.
El Londres de la escasa clase media de Lewis Carroll. Por todos es querida la obra de Carroll en la que Alicia con más ignorancia que ingenio desafía lo onírico del mundo abstracto y psicotrópico de las maravillas. En especial hay un personaje al que todos queremos. El sombrerero. Pues si en España el grado de locura llega a su zenit en la forma de una cabra, en Inglaterra se dice que "estás más loco que un sombrerero". Y efectivamente estaban locos, porque para hacer manejables los gorros de piel de castor, los cuales exportaron por cientos de miles al año hasta que acabaron con todos los castores europeos, bañaban los cueros en nitrato de mercurio. Esos baños eran tan volátiles como ponzoñosos, y rápido los sombreros perdían los dientes, el habla y la razón entre fuertes temblores y convulsiones. Pero habían otras profesiones tan extrañas como rentables. Estaba la del "salchichero", que no es que hiciese embutidos, sino porras de distintos materiales y tamaños, que en función del daño que pudiese ejercer subía el precio y eran muy preciadas por los maleantes londinenses porque se escondían fácilmente en las mangas de las chaquetas. De todas formas, Londres contaba con un cuerpo de apenas seis mil hombres para una ciudad de cinco millones de habitantes en mitad del siglo XIX, así que no hacía falta esconderla demasiado. Otra profesión curiosa era la de los cazadores de ratas, que iban por las grandes casas de campo ofreciendo eliminar las plagas de roedores por un precio muy bajo con la condición de dejarles llevar las ratas vivas. Y tenía su explicación. En los Pubs londinenses eran muy comunes las peleas de perros contra ratas para entretenimiento y apuestas, y las ratas de campo presentaban mejor batalla que las de ciudad y eran mucho más limpias con lo que en caso de mordedura al perro no le pasarían enfermedades. Era tan común este espectáculo que en una semana normal de negocio un tabernero podía comprar dos mil ratas a los cazadores.
Y por último el Londres de Marx y de la clase obrera y la revolución industrial (de esta última hablaremos en otro capitulo), una ciudad oscura, donde las casas se hacinaban en estrechos y malolientes calles y callejuelas donde apenas se podía ver lo que ellos mismos llamaban "puré de guisantes" que no es que fuese niebla, sino el hollín del carbón de fabricas y estufas que junto a la humedad creaba una película insalubre que no permitía visibilidad a más de viente metros. La gente venía a trabajar a las fábricas sin un lugar donde caer muerto. Quién traía algo de dinero podía dormir en palomares con otros veinte individuos. El que traía un poco menos dormía en lo que se llamaban los "hoteles de las arcadas" que eran tugurios bajo los arcos de las vías de los trenes, y el que menos tenía se iba a la zona del puerto en el extremo este de la ciudad, donde por un penique les pasaban una cuerda por dejado de los sobacos y los colgaban como jamones, era lo que se llamaba sin demasiada imaginación "colgados de a penique". A Londres venían del orden de un millar de personas al día, y la tasa de mortalidad rondaba los tres mil al día. Esto hacía que el de Pompas fúnebres fuese uno de los mayores negocios. Uno de los productos más vendidos fue el ataúd de Bateson, un hipocondríaco que lo que más temía en el mundo era ser enterrado vivo por culpa de una catalepsia o un coma. Así que inventó este sencillo sarcófago de madera, con respiradores a los lados y un sistema de campanas en el exterior directamente conectadas a la muñeca del supuesto muerto, así si resucitaba podían oírle en el exterior. De ahí ha llegado a nuestros días la expresión "salvado por la campana". A pesar de hacer una inmensa fortuna con este sistema y haber sido reconocido como Caballero por la reina en persona, esto no calmó el pánico de Bateson, que al más puro estilo Poe, en un ataque de pánico a ser enterrado vivo, una noche en su taller se roció aceite de lino y se inmoló. Era una era miserable, donde los niños trabajaban como deshollinadores y en las minas desde los escasos cinco años, veinte horas al día. El trabajo en la minería era algo más que una necesidad por que con la revolución industrial se había llegado casi a talar la totalidad de los arboles en Inglaterra en apenas veinte años. Pero eso a Victoria no le interesaba, solamente se ocupaba del Imperio y de llorar a Albert. Durante su reinado se inauguró la plaza de Trafalgar, el "Tower Bridge" y un fabuloso monumento en el anteriormente mencionado y querido (para mí personalmente) barrio de Kengsington, miles morían al día en el corazón de la cruz de San Jorge pero Victoria solo lloraba a uno, ese fue su legado junto a la hemofilia de sus descendientes que pasó a infectar a todas las casas reales de Europa. Hasta finales del siglo, en el que una serie de extraños asesinatos se dieron lugar en la miserable zona de East End (en 2012 se hicieron los Juegos Olímpicos ahí, mira si cambia el cuento), cruentos homicidios que dieron a luz al siglo XX, al nuevo periodismo y a los sistemas de investigación policiales. Pero eso SERÁ OTRA HISTORIA.



