domingo, 28 de febrero de 2016

Dar Sentido a lo Nuestro: Mirar pa' Cuenca



" Las mejores palabras son aquellas que guardan un profundo significado
y, al mismo tiempo, resultan comprensibles para todo el mundo"
Confucio

       Hoy inauguramos una sección nueva, y con los meses vendrán otras, pero la que inauguramos tratará de algo muy nuestro, que no dará para explayarse, ni falta que hace, pero que es en verdad curioso. El origen de nuestros dichos populares. Porque sobre todo los que tenemos la suerte de hablar más de un idioma, y de usarlo con frecuencia, hay frases que son intraducibles, que conocemos todos su significado pero que si hemos de explicarlas a un extranjero no sabríamos donde empezar. Imagínense por un momento la cara que pondría un inglés si le dijeses de una mujer que "I´m going to put her looking for Cuenca". En español común de la calle, es una forma bravucona de proclamar ambas la virilidad y el objetivo de "reventar" a la amante como si fuese uno el "Sansón del colchón". Perdonen si el tono esta un poco subido, pero es una definición bastante gráfica. Que cuánto hace que se usa esta frase, cinco siglos, casi "na"!

       En la corte de los reyes católicos, la unión de los reinos de Castilla y Aragón. había un lado que simplemente era más católico que el otro, pero hablamos de los siglos XV y XVI, y Fernando de Aragón el Católico simplemente no podía ser un libertino constante sin levantar ampollas en la iglesia, la nobleza y el orgullo de su mujer...y que aprovechando que a Doña Isabel de Castilla solo presentaba desdén por la ciencia, Don Fernando tuvo una idea brillante: en una de las torres más altas del palacio real mandó montar un observatorio astronómico, con toda la tecnología de la época, que se limitaba a unos pocos telescopios, algún astrolabio y poco más, eso sí, en una estancia sumamente cómoda. Así con esta coartada y aprovechando que muchas de las mujeres de la corte eran Conquenses, se las subía al observatorio licencioso con el pretexto de "Voy a poner a Doña .... mirando a Cuenca". A Isabel no le interesaba lo más mínimo, y si nunca sospechó no lo hizo notar. Pero la guardia presente sabía el auténtico significado de la frase, y la repitió con sorna en los prostíbulos y casa de lenocinio que frecuentaba. Y si algo corre más rápido que la pólvora en España, eso son los chismes, de tal modo Don Fernando de Aragón y de las dos Españas tuvo que dar explicaciones a sus muy católicos confesores de sus tropelías, para aplacar la ira de su muy católica y cornuda esposa.
        
       

sábado, 27 de febrero de 2016

Un Repaso Salvaje



"El que se humille será ensalzado. 
el que se ensalce será humillado."
Mateo 23:12

        HOY HABLAREMOS de otro personaje idiota y con la suerte por bandera. Desde que la televisión se instauró en todos los hogares del mundo occidental con más programación que los canales nacionales, siempre hay alguno que muestra películas del oeste para ayudar a las siestas. En estos filmes de Technicolor siempre aparece el Séptimo de Caballería como azote de los insensibles y crueles indios que se dedican al pillaje y a todas las malas artes. Nada más lejos de la verdad, así como su primer líder, un George Amstrong Custer. Sólo un ejemplo de los muchos que vendrán en el futuro de cómo hacer propaganda de un descerebrado bien posicionado puede hacer un héroe mitológico sin casi merecerlo.

        Custer, para abreviar, fue un joven e impulsivo muchacho nacido en Ohio, la parte supuestamente civilizada del nuevo mundo, en el año 1939, en una familia campesina de ascendencia alemana. Su infancia es totalmente irrelevante, hasta que decide inscribirse en la escuela militar. Para el día que se licencie como sub-teniente será el peor estudiante de su promoción, y el segundo peor de la mítica escuela militar estadounidense, con más de setecientos incidentes en su historial, de peleas, desobediencia, mala conducta, borracheras, la lista es prácticamente interminable. Así que este problemático sub-oficial hubiese dado con sus huesos con toda probabilidad en algún punto yermo e inservible de la frontera con el territorio indio a esperar la muerte. Pero por primera vez la "suerte" se le presentó y comenzó la guerra de secesión. Abraham Lincoln, uno de los pocos republicanos influyentes con alma pretendió la abolición de la esclavitud. La zona urbanita estadounidense, el noreste del país que ya estaba comenzando su propia revolución industrial, vio con buenos ojos la innovación abolista, no así los estados latifundistas del sur, que creían necesitar de la mano de obra gratuita africana para seguir anclados en los regímenes agricultores esclavistas de siglos anteriores. Esto es un resumen a muy grosso modo, el caso es que la casi recién formada nación americana nacida de la desobediencia se vio inmersa en un cruento encuentro fratricida, y para Custer tanto mejor. Comenzó un ascenso meteórico, si bien había sido un alumno deleznable resultó ser muy valiente, prácticamente temerario y sus brillantes compañeros de promoción caían como chinches mientras que él no solo sobrevivía sino que ganaba con más suerte que conocimiento la mayoría de las veces. Y se vio accidentalmente en todos los fregados, y con la suerte que la flamante prensa americana siempre parecía estar sólo cuando su irresponsabilidad daba titulares dignos de admiración. Así combatió en Chancellorsville en Virginia, en Gettysburg, en Opequon y en  Cedar Creek. Y en estas contiendas de las que no en todas salió victorioso, sino ileso, había un cronista que mandaría telegramas magnificando su presencia. Estaba tanto en las pomadas, que cuando el General sudista Lee entregó la bandera confederada a los yankees humillándose ante Grant quién la recogió?? por supuesto el entonces General Custer. Porque entonces, y ahora, el ejercito estadounidense promovía oficiales en función de la necesidad que hubiese en tiempos de guerra. Así una vez terminada la guerra civil Custer fue relegado a Teniente Coronel, que era más de lo que se merecía.

        ¿Pero cómo era Custer?. Era un tipo alto, quizás excesivamente alto para su época, casi dos metros de tío, déspota, arrogante, excéntrico, bebedor... y una larga lista de etcéteras peyorativos. Vestía casacas con flecos sobre los que colgaban sus legendarios rizos pajizos que le valieron el sobrenombre de "Cabellos largos" entre los indios. Pero sobre todo un tipo valiente, indisciplinado y soberbio.  Fue dando tumbos de división en división hasta que en el año 1866 la Suerte vuelve a brindarle una oportunidad. El jefe "lacota" (para ellos), "enemigo" (para los franceses), sioux (para la posteridad), Nube Roja, harto de ver cómo los colonos blancos entraban en su territorio a cortar leña, pasó a los leñadores por la piedra. El ejercito estadounidense mandó a ochenta soldados a ayudar a los leñadores, y estos fueron también pasados por la degollina. esto enfureció tanto al ejercito americano que creó el Séptimo de Caballería para combatir a los indios fuesen de la tribu que fuesen. Y al general Sheridan no se le ocurrió mejor idea que colocar al frente del Séptimo de Caballería al descerebrado Teniente Coronel Custer para poder pelear a los salvajes. La celebérrima y flamante formación militar sólo tenía por objetivo hostiar a los indios, contaba con seiscientos soldados de inicio. Un año después, o mejor dicho, un año bajo el mando de Custer después, quinientos de ellos habían desertado. Si no fue a causa del despotismo de su líder, fue resultado de las numerosas enfermedades se dieron cita en el insalubre campamento. Fue en estas circunstancias que Custer vio sus huesos en un juzgado militar; acusado de fusilar desertores sin juicio previo. Custer fue expulsado del ejercito por un año, sin curro ni sueldo. Pero Custer no se adecuó a la "Dolce Far Niente", sino que se adjuntó a la política de la mano del presidente yanquee de origen sudista Johnson. Aunque parezca mentira, un enemigo declarado de los nativos americanos reclamaba para ellos las reservas, o hacinamientos reservados sólo para el uso de los salvajes, un mísero esputo de terreno comparado con las infinitas praderas y llanuras de que gozaban antes. Y entonces llegó Grant.

         Grant, el héroe; Grant el estadista; Grant el victorioso presidente autosuficiente, el cual no tenía el más mínimo cariño por Custer, que si de él hubiese dependido, Custer no hubiese sido más que un mal recuerdo. De la nada un nuevo golpe de suerte, el rumor de que había oro en las Montañas Negras (Montana) se extendió. Hay quien afirma que fue Custer en persona quién corrió el bulo. Las Montañas Negras eran lugar sagrado para los indios. Para los americanos significaría el tan preciado oro del oeste. Como siempre en este tipo de situación ni siquiera los indios escatiman, y alegando que en efecto las Montañas Negras eran sagradas para ellos, pero que ahí oro no había, pidieron al gobierno americano una compensación de más de cincuenta millones de dolares, pero desde Washington no ofrecían más de seis. Obviamente no hubo acuerdo. Para Custer, su reinstitución en el Séptimo de Caballería estaba al alcance de la mano pero Grant no quería ni oír de aquel miserable, y su primera reacción fue negar su vuelta. Pero las Guerras Indias necesitaban acción, y Custer necesitaba volver a tener publicidad con un oscuro deseo, si la guerra de Secesión convirtió a Grant en presidente, las Guerras Indias podían hacer lo mismo por él. Así que se fue como una vieja plañidera a ver a Sheridan que siempre lo había apadrinado, y no solo le conmovió, sino que tomo parte por él convenciendo a Grant de la necesidad de oficiales valientes como Custer para reprimir a los indios, que estaban saliendo demasiado de sus reservas atacando trenes, caravanas y puestos de telégrafo.

       Cuando Custer recobró su regimiento, que no había conseguido más que mal nombre, necesitaba dar un golpe de efecto. Y una vez más Custer la pifió. En Noviembre de 1868 desoyendo la recomendación del General Sheridan, decidió salir en la noche nevada, para sorprender salvajes. Y así llegó con un escuadrón a las proximidades del río Washita donde encontró un grupo de tipis de indios cheyennes. El poblado de Olla Negra. Cuando el sol anunció el nuevo día Custer atacó el poblado sin preguntar aquella de Gila si eran "amigos o enemigos" y se convirtió en una carnicería de mujeres, ancianos y niños que enfureció al ejercito estadounidense, y a los jefes sioux Caballo Loco y Toro Sentado. El poblado cheyenne no tenía un solo guerrero en sus filas, y estaban a orillas del Washita pasando el invierno. Los indios recrudecieron sus ataques en respuesta a semejante agravio. Sheridan lo tuvo claro, y entonando lo de "pa chulo, chulo mi pirulo" se dispuso a devolvérsela a los salvajes. Y no solo en forma de una pequeña reprimenda. Un ejemplar correctivo. Sheridan no era muy dado a las negociaciones con nativos, suya es la frase de que el único indio bueno es el indio muerto. Así que mando a tres regimientos de caballería a atacar a los indios. Las noticias hablaban de un asentamiento en las orillas del Little Big Horn, de unos ochocientos indios. Custer estaba como loco por la música. El tenía casi trescientos a sus ordenes y solo ciento cincuenta millas por recorrer. Pidió permiso al jefe de los tres regimientos, el general Crook para adelantarse y ser así el primero en tomar contacto con los indios. Crook accedió y le ofreció otra dotación de hombres y un par de cañones, pero Custer solo quería la gloria para el Séptimo de Caballería y en especial para él. Llevó a sus hombres a un ritmo desproporcionado, y en sólo un par de jornadas habían recorrido más de ciento diez millas. Los scouts traían "buenas noticias". El asentamiento era más grande de lo que creían. Mil quinientos hombres y Custer encantado porque menospreciaba abiertamente las tácticas militares indias. Pero a los scouts adolecían que debían ser de letras, porque a orillas de aquel frío río de Montana esperaban más de cuatro mil fuertes, la mayor coalición india que el mundo había visto y jamás vería, aunando sioux, cheyennes, arapahoes y otras tribus menores, supuéstamente muchos de ellos rivales históricos pero unidos para la ocasión bajo la bandera del odio al hombre blanco y el liderazgo de Caballo Loco y Toro Sentado, que se la tenían jurada a Cabellos Largos, que para la ocasión se había rapado sus escasos tirabuzones rubios.

       En 1941 Errol Flynn dio vida a Custer en "Murieron Con las Botas Puestas", que presentaba como todas las películas del Oeste, al celebérrimo Séptimo de Caballería sucumbiendo con heroicidad a los ataques de los jefes Sioux. Lo cierto es que si bien Caballo Loco tomó parte en la batalla, Toro Sentado viendo que no le necesitaban se quedó en su Tipi preparando medicinas para los heridos. Los indios destruyeron a Custer y a sus hombres sin piedad en menos de media hora, y los últimos no presentaron tanta valentía como los de la película sino que cuando se vieron acorralados y sin posibilidad de pedir perdón o clemencia se suicidaron en bloque prácticamente. Y Custer no murió con las botas puestas, y si lo hizo, su cuerpo inerte fue desprovisto de ellas, así como de el resto de la ropa a excepción de los calcetines. Físicamente su cuerpo no fue insultado ni defenestrado como se hubiese merecido, le habían cortado un dedo, y mujeres sioux le abrieron los tímpanos con una punta de flecha para que pudiese oír mejor en la próxima vida todo lo que los héroes indios le tendrían que reprochar en la próxima vida. Del Séptimo de Caballería solo sobrevivió un caballo, llamado para más inri Comanche. Sabedores de que no podían quedarse a esperar una segura respuesta del ejercito por tal magra masacre la coalición se volvió a terreno indio. Fue la última gran victoria india, y quedan muchas contiendas por contar, así como la colonización del Oeste Americano, pero eso SERÁ OTRA HISTORIA.

miércoles, 24 de febrero de 2016

La Gran Señora en una Mala Pensión


"Tres clases hay de ignorancia; no saber lo que debería saberse, 
saber mal lo que se sabe, y saber lo que no debería saberse"
François de La Rochefoucauld

       EN EL AÑO 1503 Francesco Bartolomeo de Giocondo le encargó a Leonardo DaVinci el retrato de su mujer ni se esperaría la gran relevancia que el cuadro llegaría a tener. Y a decir verdad no llegó siquiera a contemplarlo nunca puesto que el artista no se volvería a separar de la pequeña tabla de álamo, retocándolo hasta el día de su muerte, en Francia, bajo el mecenazgo del rey francés Francisco I. De esta forma, el magnífico retrato que obsesionó a su autor estaría siempre en Francia, cambiando de manos hasta que la revolución francesa lo puso en el Museo del Louvre, y ahí permaneció.

       Un siglo y poco después y a causa de robos y actos de vandalismo la dirección del museo decidió poner algo de seguridad, especialmente a sus obras más representativas y claro, a principios del siglo XX como es normal, los sistemas de seguridad eran bastante rudimentarios y se basaban en un gran marco de madera que sujetaría un gran vidrio. Uno de estos trabajadores fue el carpintero italiano Vincenzo Peruggia, un proto-fascista ultra-nacionalista que no acababa de entender cómo la más genial obra de uno de los más geniales autores italianos, en la que se representaba una gran señora italiana (mona se interpreta como señora en italiano) colgaba de una pared de un museo francés. Un argentino con labia llamado Eduardo Valfierno, falsamente autodenominado marques de Valfierno, y con ciertos contactos en el mundo de la compra-venta de arte, empezó a emponzoñar la mente del ya de por si corta mente del carpintero italiano, con falacias del calibre de "mira tío, esa pieza no pinta nada aquí, se la robo Napoleón, debería regresar a Florencia. Mira, tu la robas, yo te doy un dinero a cambio y vuelves a Italia forrado y casi un héroe nacional" (conversación ficticia pero no demasiado desencaminada). Estas mentiras calaron en Peruggia y se dispuso a dar el gran golpe.

       Y así el domingo 20 de Agosto de 1911 al termino de la jornada, Peruggia se escondió en un armario del museo. Y se dispuso a pasar tranquilamente la noche. Cuando llegó la mañana, salió del armario, se dirigió a la sala de la Gioconda y la descolgó, desmarcó el cuadro y se guardó la pequeña tabla debajo de su guardapolvo. Se dirigió a la salida, aquella mañana de lunes en la que el museo estaba cerrado, y pasó el control de un agente de seguridad que le reconoció como uno de los trabajadores, de modo que le dejó salir sin hacer ninguna pregunta. Peruggia llegó así a su pensión de la Rue de l´hospital Saint Louis, con la satisfacción de haber realizado una gran obra de la forma más sencilla y sin levantar demasiadas sospechas. Mientras París se rasgaba las vestiduras por la desaparición del cuadro, Peruggia esperaba paciente al "marqués" argentino que le iba a convertir en héroe. Y esperó, y esperó, y esperó, y durante dos años encerró el retrato de Lisa Gherardini en una maleta sin noticia de Eduardo Valfierno. Hasta el día se que convencido de que el argetino había desaparecido y se dispuso a mandar una carta a un anticuario florentino llamado Alfredo Geri  con el mensaje "Tengo la Gioconda" y la firmó con el torpe seudónimo de Leonardo, junto a la petición de medio millón de liras por el rescate. El anticuario se debió tomar en serio la misiva anónima y quedó con el carpintero en el hotel Tripoli de Florencia. Así en Diciembre de 1913, se vieron en el hotel el carpintero Peruggia, el anticuario florentino Geri, el director de la galería de los Uffizi´s y la vieja Gioconda. El resultado de tal encuentro fue que el cuadro era la autentica Gioconda, y la obra fue devuelta al Louvre y el carpintero en vez de verse convertido en héroe se vio con sus huesos en la cárcel, por un tiempo risorio ya que ni al juez se le escapó que Peruggia era un tonto a las tres y había sido victima de los engaños de un embaucador del que no se volvió a tener noticia.

       Y no sería hasta el año 1931 un agonizante Eduardo Valfierno confesaba el origen de su fortuna a un periodista estadounidense llamado Karl Decker. El falso marqués había pedido seis copias del retrato al artista y falsificador francés Yves Chaudron, y una vez la noticia de la desaparición del cuadro fue de dominio internacional, Valfierno ofreció sus falsas Giocondas, gracias a sus contactos, a numerosos millonarios estadounidenses y brasileños por el módico precio de $300.000 el cuadro. Jugada maestra, ya que para el tiempo la Mona Lisa retornó a su justo lugar en el museo, nadie se atrevió a reclamar que habían sido engañados por un argentino con una supuesta obra robada. El orgullo de Valfierno fue demasiado grande y no quería que su hazaña pasase inadvertida, confesó voluntariamente a Decker con la condición de que no publicase su entrevista hasta la muerte del gran timador. El periodista cumplió su palabra, y Valfierno entró de lleno en la historia como casi el mejor ladrón conocido. Aunque ha habido otro, español, y espectacular, pero eso SERÁ OTRA HISTORIA.

              

martes, 23 de febrero de 2016

¡Vístanse, por el Amor de Dios!


"Un pueblo sin tradición es un pueblo sin porvenir"
Alberto Lleras Camargo

       ES UNA CONTRADICCIÓN enorme la idea que han tenido los hombres blancos en general, especialmente los de países que han tenido ínfulas imperialistas, que han conquistado medio mundo, han tildado de salvajes a los pueblos indígenas que llevaban ahí desde el comienzo de los tiempos, y han tratado de enseñarles la vida "civilizada" muy diferente de la que vivían. Cuando Magallanes cruzaba el sur americano por "primera vez" ahí ya habitaban pueblos que recorrían todos los canales de la Tierra del Fuego con sus rudimentarias barcas desde el amanecer de los tiempos, hoy hablamos de los fueguinos.

       Pero no de todas las razas que vivían en esos pasajes aún sin delimitar entre Chile y la Argentina, entre el estrecho de Magallanes, el cabo de Hornos, la tierra de fuego y la patagonia chilena, hablaremos de la tribu de los kawésqar o alakalufes. Esta es una raza extraordinaria que vivían casi la totalidad de su vida en grandes canoas. No se distribuían en grandes grupos, al contrario, cada familia tenía su canoa y se dedicaban a la pesca, especialmente de marisco, como los mejillones que en Chile son del tamaño de un zapato pequeño, peces y leones marinos. Los alakalufes se cubrían los hombros con pieles de focas y se embadurnaban el cuerpo con aceite de lobo marino para combatir el frío. Dentro de las canoas hacían vida, así que tenían una especie de hogar, en el que hacían fuego de forma segura para la embarcación, donde cocinaban y se calentaban. Eran grandes nadadores, y se tiraban desnudos al agua para cazar. Un compañero inseparable para los alakalufes eran los perros, a los que tenían como catadores, para así evitar las mareas rojas que hacen que el marisco se torne toxico, si el perro sobrevivía a la degustación de un mejillón entonces los demás eran buenos para la familia. Raramente llegaban a tierra firme, ya que eran pescadores pacíficos y así evitaban a las tribus de tierra firme como los "onas" y los "haush" que eran cazadores y decididamente beligerantes.
Su vida era simple pero adecuada. Hasta que se toparon con la iglesia.

       A finales del siglo XIX, se instaló una misión de monjes alesianos en la isla de Dawson dominando así toda la Tierra de Fuego, con el objetivo de evangelizar a esas "pobres" almas que no habían oído hablar del un hombre que era hijo de un Dios del que no habían oído hablar, en una zona del mundo que no sabían ni que existía en una época de la que no tenían la menor idea, y a pesar de que Jesús no pescaba focas, el mensaje de los misioneros caló rápido. Los alakalufos recibieron de muy buen grado a los misioneros y rápido se dio por evangelizada la zona sin demasiada complicación. El problema que tenían los misioneros era que no veían de buen grado que los indígenas expusiesen sus cuerpos desnudos como habían hecho toda la vida. Les ordenaron que dejasen a un lado sus pieles y sus aceites y les vistieron con humildes ropajes de la época. Pero el decoro de los alesianos fue fatal para los alakalufes, que al tirarse a las gélidas aguas de la tierra de fuego vestidos y pasar las siguientes horas con las ropas chorreantes las pulmonías se pusieron a la orden del día, cayeron como chinches. Por tapar las vergüenzas una comunidad que a principios del siglo XX tenía aproximadamente unas mil personas, antes de dos décadas no quedaban más de un par de centenares de individuos. Hoy en día se estima que no hay más de quince alakalufes puros vivos, y viven del turismo, vendiendo souvenirs en puerto Eden, al sur de Chile. La de hoy ha sido una historia corta, pero los indígenas americanos ocuparán OTRAS HISTORIAS. 

domingo, 21 de febrero de 2016

"Taller" Cerebral Ambulante


"Me convertí en un loco con largos intervalos de horrible cordura"
Allan Poe


       LA HISTORIA, no solo la pueblan los grandes estadistas, dictadores, reyes o gobernantes, además tienen historias truculentas de ciertos anónimos que demuestran la naturaleza humana por encima de todos. Hoy hablaré de un gran desconocido que representaba bastante bien a la sociedad estadounidense de la guerra fría.

       En el año 1949. el proto-psiquiatra luso António Egas Moniz recibió el premio novel de medicina por la supuesta invención de la lobotomia. Muchos hemos visto a Jack Nicholson hacer de lobotomizado en la gran película de Milos Forman, "Alguien Voló Sobre el Nido del Cuco" (1975), y a quién no lo hubiese visto, llega tal que cuarenta y un años tarde, así que difícilmente hablaremos de un "spolier" con tanto tiempo, el caso, para no desviarnos, es que vemos a un rebelde e irreverente personaje ser privado de su autonomía de forma quirúrgica e irreparable. Egas Moniz sentó las bases de tan oscuro tratamiento. La lobotomía consistía nada más que en realizar cortes en los lóbulos frontales del cerebro. El portugués de marras nunca llegó a probar su teoría con un ser humano, todo lo más llegó a practicarlo con un chimpancé que para el caso venía a ser lo mismo. Moniz tuvo demasiados y justos detractores, pero a pesar de las quejas, no le arrebataron el Nobel.

       Al otro lado del Océano Atlántico, un emprendedor y chapucero médico de familia, ni siquiera cirujano, creó su propio sistema de lobotomía. El "doctor" Freeman, recorría el país de Este a Oeste y de Norte a Sur en una furgoneta o caravana normal y corriente, pero que siguiendo la moda americana de los superhéroes de los años cuarenta y cincuenta de Marvel, llamó "lobotomobile". Desde su púlpito nómada el llamado D. Freeman proclamaba a los cuatro vientos las bondades de la lobotomía, que no sólo era capaz de curar trastornos psicopáticos, también curaba enfermedades propias de la locura como las depresiones, la irracionalidad paranoide, las visiones o los comportamientos raros como los de un camarero creyéndose un felino de metro setenta y ocho. Además curaba "enfermedades" como el comunismo (estamos en época de McCarthy) y la homosexualidad, según cantaba Freeman ciudad tras ciudad.

       Más de cinco mil personas acudieron al comercial anuncio de semejante carnicero que usaba una pica de hielo, que es como una aguja gigante, entrando por el lóbulo ocular derecho, golpeado levemente en dirección ascendente. Mientras la letal púa subía el supuesto doctor Freeman iba haciendo preguntas del tipo, cómo te llamas, de dónde vienes, tararéame una canción. Una vez el lóbulo frontal quedaba demasiado dañado como para dar autonomía a su portador, la "operación" se daba por concluida, y el paciente se convertía en un dócil "vegetal" para el resto de su vida. No penséis por un momento que esto se trataba de una operación controlada, muchos pacientes dejarían de ser enfermos bajo el punzón de Freeman, claro esta que ninguno presentó quejas. Hasta el día que un hombre "importante" cruzó su camino.

       "Joe" Kennedy, patriarca de una de las familias más importantes de EEUU, y muy ligado al mundo de la mafia tenía una espléndida colección de vástagos propia de los católicos de origen irlandés como era el caso, y su mayor sueño era que uno de sus hijos llegase a copar los más altos cargos que a él le habían sido negados en su condición de inmigrante, para colmo irlandés, y para colmo católico, la riqueza coquetearía con él a manos llenas, pero no la Fortuna, que se convirtió en una traidora y enemiga jurada para toda el "clan". Los hijos mayores, Joe, Jack y Bobby demostraron ser mucho más que brillantes, pero Rose Mary era harina de otro costal. Al lado de sus privilegiados hermanos y coetáneos en sociedad, la mayor de la dinastía resultaba provocadora, espontanea y ligera de cascos, dicho de otra forma más actual y menos trivial, si sus hermanos eran ágiles y viriles era celebrado públicamente; si Rose Mary era un pelín más corta y tan libertina como el resto de la familia, era que estaba loca. Harto de esconder a su hija mayor que perjudicaba la carrera de sus "pura-sangres", y embelesado por las fáciles y comerciales palabras del "doctor" Freeman, Joe Kennedy decidió someter a su hija menos agraciada a la "milagrosa" terapia del punzón de hielo.

       Mientras Freeman rasgaba sin piedad, anulando los lóbulos frontales de Rose Mary Kennedy, la voluntad de la muchacha se iba apagando, así como su identidad, su capacidad de raciocinio y su voluntad. Rose Mary, enjaulada en un hospital psiquiátrico para el resto de su vida, vio como todos sus hermanos listos iban cayendo paulatinamente, bien por enfermedad, accidente o asesinato. Fue la única de su dinastía que cruzó el "Río de Caronte" de forma natural. Pero por supuesto, eso SERÁ OTRA HISTORIA.

jueves, 18 de febrero de 2016

Diseñando para el Ejercito


"La moda es la última etapa antes del mal gusto"
Karl Lagerfeld

       ESTOS DÍAS está comenzando el juicio contra Rita Maestre, la flamante portavoz del ayuntamiento de Madrid por unos hechos cuestionables hace casi seis años, cuando la demandada cursaba ciencias políticas y solo tenía veintiún años de edad. A esa edad todos cometemos locuras y la de Rita fue asaltar la capilla de la facultad de derecho de la complutense en sujetador entonando el grito de guerra "Arderéis como en el treinta y seis". A mi no se me hubiese ocurrido semejante e inoportuna reivindicación más que nada porque los sujetadores no me quedan bien. Pero yo no voy a juzgar el comportamiento de Rita, eso lo ha de hacer el magistrado. Lo que yo critico es el alarido intimidatorio anticlerical (y cualquiera que me conozca tengo bastante poco cariño hacia la iglesia como institución) y poco informado, ninguna iglesia ardió en el ´36, sino cinco años antes, en la famosa quema de los conventos del ´31. Siento haberte jodido la rima Rita, pero es lo que hay y hay que documentarse.

       Habitualmente se hablan de las dos Españas y no es parte de la propaganda de la marca España, es una curiosidad que subyace dentro de nuestra piel, y si el ser humano esta condenado a enfrentarse los unos con los otros, los españoles lo estamos más, y no por una idea absurda de supremacía si no porque estamos enseñados de cuna a estar enfrentados de forma natural, izquierdas contra derecha y viceversa, Madrid o Barcelona, pro o anti... en todos los ordenes de la vida, el gris sigue siendo un concepto demasiado abstracto para nuestra mentalidad simplista, orgullosa y radical. Sin desviarnos demasiado sobre nuestro ADN patrio, volvemos a la confusión que produce la quema de iglesias en un país profundamente católico, hasta el punto que celebramos todos años la expulsión de moriscos y sefardíes, como si no formasen parte de una historia compartida durante siglos (algunas veces más amigáblemente que otras) hasta que los malnacidos y malnombrados reyes católicos se apuntasen el tanto, quedando de lujo frente al papado.

       En 1931, como a lo largo de la historia de España, el odio entre una parte de nuestros habitantes hacia la otra estaba dispuesta al más mínimo chispazo para crear una llama que calcinase todo el país. Y pocas semanas después de la proclamación de la república, muchos parias analfabetos, confundieron la tan ansiada libertad con libertinaje e impunidad contra todos los órganos considerados opresores por los desheredados, la iglesia, los nobles y los pudientes y se tomaron la tan ansiada revancha. Considerando al clero como un órgano opresor durante siglos, no sin motivos, la tomaron con las iglesias y los conventos, primero en Madrid y después en la mitad sur, desde Valencia a Huelva todas las zonas costeras y de interior desde Castilla La Mancha hasta Tarifa. Cientos de iglesias fueron calcinadas, sus párrocos asesinados y todos sus bienes robados y victimas de todo tipo de injurias ante unas fuerzas del orden que no hacían nada ya que tenían ordenes específicas de mantenerse al margen, o como dijo Azaña "todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano". Que malos son estos rojos republicanos (yo soy republicano), que acto de desprecio sin precedentes. O quizás no. Quizás el ataque ridículo de Maestre o la indiferencia cómplice de Azaña no son los mayores ataques de España contra el templo.


       En el año 1527, las guerras de dominio en Europa se dividía entre dos fuerzas, el ya de por si poderoso imperio español se vio magnificado por su nuevo Monarca, Carlos I de España y, como hemos repetido hasta la saciedad en el colegio sin preguntar por qué, V de Alemania. Esto resumido quiere decir que el vasto imperio hispano-germánico dominaba casi la totalidad de España, Alemania, Flandes (Holanda/Bélgica/Dinamarca por partes) y territorios de Italia. Sólo Francia parecía resistirse al dominio español, como haría a lo largo de toda su historia, y junto a la influencia y apoyo del Vaticano (que no se constituiría como estado hasta casi cuatro siglos después) que veía como el enemigo iba apoderándose paulatinamente de la bota italiana, formaron una alianza con la que trataron de plantar cara al imperio. Absolutamente infructífera. El ejército imperial, plagado de protestantes luteranos aplastó sin mucha tarea a la coalición franco-vaticana. Pero si algo ha quedado demostrado a lo largo de los siglos ha sido la incompetencia de la dinastía de Borbón y el comandante en jefe de este ejercito era el Duque Carlos III, como no un Borbón. A los soldados no les bastó con las mieles del triunfo y la entrada directa en la historia, si no que les dió por reclamar no solo parte del botín, si no además la soldada que llegaba como siempre demasiado tarde, tardando hasta meses para que un soldado raso cobrase un maravedí. Valiente y gallardo al mando del ejercito más poderoso del mundo, no dudó el Borbón en interponer su miedo a un botín a su miedo a Dios y enfilaron hacia Roma, donde recuperarían con creces lo que se les adeudaba y daban una lección por alinearse con quien no debían. El Duque, que en su cobardía no quería sobreexcitar a sus hombres, dejó que la vorágine gobernase en el asalto a la colina vaticana donde reposaban los huesos de Pedro junto a los cimientos de la cristiandad, y todos sus alrededores. Los saqueadores en su condición de protestantes no tenían el más mínimo respeto hacia la institución, pero tenían mucho más que respeto por sus bolsillos, el pillaje fue salvaje, y Roma se convirtió en un estercolero lleno de miseria y muerte. Sólo un veinte por ciento de la población romana sobrevivió al asalto. El que sí sobrevivió fuel el Papa Clemente VII, que con ayuda de un grupo valeroso y reducido de Suizos, llegó hasta el castillo de Sant'Angelo a través de un pasillo conocido como el passetto y se atrinchero allí esperando el asedio, con apenas un centenar de suizos a su cargo que aguantaron inpertérritos las acometidas del imperio. Añadir que no solo el ejercito imperial saqueó la ciudad, si no que muchos campesinos de la zona se unieron a los atacantes con todo el odio propio del oprimido. El Duque Carlos III murió en el frenesí del ataque a las murallas romanas y el mando fue tomado por el Príncipe de Orange, que tras tres días de asedio consiguió parar las tropelías del ejercito y negociar el rescate del Papa y el cese de las hostilidades. Clemente VII tasó su salvación en cuatrocientos mil escudos, se ve que se tenía en gran estima, y eso calmó las ansias del ejercito que vio de esa forma recompensados sus esfuerzos, su sangre y sus salarios.

        Cuando Carlos I se hizo el sorprendido por la dramática victoria que su ejercito había conseguido en su aparente ignorancia guardó luto durante años en una pía pose que llegó a ser creíble y presentó sus disculpas al Papa que tuvo que acceder forzosamente y disponerse ante el nuevo emperador para coronarle hasta tres veces, una como rey de España,otra por Alemánia, y otra como emperador del Sacro Imperio Germánico pagando la cuota necesaria para que la curia mirase a otro lado, normal que siglos después Serrano Suñer proclamase la histórica alianza contra los franceses.

       El Vaticano tenía una deuda para con los suizo que arriesgaron de forma suicida el papado. Y de esta forma, Julio II declaró que la guardia personal del papa sería "in saecula seculorum" suiza, y para su uniformidad usó el típico traje de soldado teñido de los colores amarillo y azul representativos de su familia,y acto seguido León X adjuntó el color rojo para pelotear a los Médicis que eran los que partían el bacalao en aquellas épocas hace algo más de cinco siglos y que  a pesar de su harlequinado aspecto, sigue vigente, impasible, a la visita de turistas y seguirá así hasta que el "Obispo de Roma escape sobre las cabezas de sus apóstoles" pero eso por supuesto, SERÁ OTRA HISTORIA.

martes, 16 de febrero de 2016

El Fallo Errado


"Claro que lo entiendo. Incluso un niño de cuatro años podría entenderlo.
¡Que me traigan un niño de cuatro años!"
Groucho Marx

       HACE escasos meses un vergonzoso contexto internacional que premia la belleza femenina (y supongo que también masculina, no lo se y no lo voy a buscar) copó mas portadas de las que generalmente vienen haciendo año tras año. Las bellas modelos con sus deslumbrantes sonrisas serigrafiadas esperaban el veredicto para ver quién era de todas la más guapa. No pregunten demasiado por su inteligencia o dirán en público frases tan míticas como "me gustaría viajar al pasado a Roma, donde nació y  murió nuestro Señor Jesucristo" o la casi insuperable "Confucio fue uno de los que inventó la confusión" que no son falsas, fueron dichas en sendos contextos de belleza junto a tantas otras, que no vienen al caso. En esto, que ya estaban las azafatas sonrientes esperando el fallo del jurado, sosteniendo la corona, la banda y las floras. Steve Harvey como presentador, mesaba y manoseaba con deleite el sobre con el nombre de la ganadora, llevando al extremo la tensión del momento y la paciencia de las galardonadas que se lanzaban puñales con la mirada entre ellas, parapetadas en murallas de dientes cegadóramente blancos. El bueno de Harvey sacó el nombre de la ganadora y Colombia entera ensalzó a su Miss como la más guapa del universo. La música ceremonial, las luces lanzaban juegos de vivos coloridos para dar magia al momento y Miss Colombia era coronada delante de todas las demás participantes que batían palmas cargadas de odio y envidia. Y de repente pasó lo que pasó. La música cesó, las luces se apagaron, todo se volvió extrañeza tratando de entender lo que pasaba y el silencio se vio roto por la garganta del presentador tragando saliva. "Me temo que ha habido un error", llegó a articular, y antes de que la gente llegase a traducir semejante frase en su sistema cognitivo, proclamó Miss Universo a Miss "Pilipinas". Ya las miradas eran todas de odio sin disimulo y desde Tarapaca a Barranquilla sonaron voces indignadas pidiendo sangre. El suceso que en un mundo civilizado no hubiese sido más que una desafortunada anécdota casi llegó a asunto de estado.

        Desde que a unos griegos aburridos se les ocurriese crear las olimpiadas, y seguramente mucho antes también el ser humano a tratado de destacar sobre los demás, y que mejor forma que hacerlo de forma oficial con un premio. Y ya se condecora por cualquier cosa, el mejor matemático, la más guapa, el más rápido, la mejor novela. Y si solo se premiasen las cosas de calidad... pero desde que se publicó la primera edición del Libro Guinnes de los Records en el año 1955, ya se premia hasta las estupideces más propias del intelecto humano, como cual ha sido el bocata de chorizo de cantimpalo más largo al que necesita diez tallas más de zapato por no haberse cortado jamás las uñas de los pies. Y claro esta, donde hay un veredicto subjetivo, puede haber politiqueo, el politiqueo lleva al mamoneo, y el mamoneo con el colegueo da lugar a jurados fallando de forma inverosímil. Por citar un claro ejemplo, la película Titanic de 1997 ganó once estatuillas de los Oscars, por delante de películas de mucha más calidad en todos los sentidos.

       Pero si hablamos de historia, hablamos de premios y hablamos de ridiculo, debemos retrotraernos al año 1939, en el que un parlamentario sueco llamado Erik Brandt mandó su candidatura a la academia sueca para que el galardón de Premio Nobel de la Paz de aquel año recayese en las manos de Adolf Hitler. Cuando preguntaron qué había hecho perder la cabeza al señor Brandt este alegó que gracias a Hitler y a su diplomacia, Alemania se había anexionado gratuitamente unos territorios de Checoslovaquia, la zona de los Sudetes, con la connivencia de Italia, Francia e Inglaterra. Habiéndose quedado estos terrenos, que no hablamos de un par de fincas, una vasta extensión de terreno sin coste y sin pegar un tiro le pareció motivo suficiente para galardonar al dictador alemán que había disuelto el congreso una vez llegó al poder, que había pasado por la cárcel debido a un fallido golpe de estado, y que cada dos por tres lanzaba mensajes incendiarios contra los judíos, contra la parte del mundo dominada según él por los judíos como Estados Unidos y otros países capitalistas, y contra la otra parte del mundo, los indeseables comunistas, que debían su ideología socialista a un judío; Hitler merecía según Brandt el Premio Nobel de la Paz. Por supuesto no se lo dieron, y una vez Rusia y Alemania decidieron llegar a un acuerdo, gracias que sus ministros de exteriores Molotov y Ribbentrop, de repartirse el territorio de la recién unificada Polonia (Porque Alemania sola no invadió Polonia, eso es una falacia y además esta demostrada) sin contar con la opinión de los polacos, la segunda Guerra Mundial daría comienzo, Brandt trató de borrar sin éxito cualquier prueba de haber nominado al monstruo austriaco para semejante galardón. Este llegaría a Alegar que como el resto de nominados no eran ni de su cuerda política ni de su agrado personal el nominó a Hitler por despecho.

       Tampoco seamos demasiado duros con el sueco. A Barack Obama no es que le nominasen, le dieron el mismo premio sólo por ser el primer presidente negro de un país plagado de historia racista. Y le dieron el premio con todo lujo de publicidad y reverencias. Ahora que llega el final de la segunda legislatura del presidente de los Estados Unidos de América se retira con dos honores para los anales de la historia, el de primer presidente afroamericano (como les gusta decir a los cursis) y el presidente que bajo su mandato ha habido más muertos en conflictos y en contiendas bélicas. Nunca en la historia de américa desde su fundación han habido tantas bajas, ni en época de Lincoln en la guerra civil, ni en época de Johnson-Nixon en la guerra de Vietnam. Es el presidente con más muertes en su conciencia. Sí. Premio Nobel de la Paz, pero eso SERÁ OTRA HISTORIA.


lunes, 15 de febrero de 2016

Atómicos Anónimos


"El valor es aguantar el miedo un minuto más"
George Patton


       EL ONCE de febrero de 1945 se sentaban juntos con aire de victoria, Churchill, Roosvelt y Stalin en Crimea, donde se iban a repartir un mundo destruido, con casi cien millones de muertos en sus conciencias. Posaban sonrientes frente a la prensa que les retrataría como los grandes victoriosos de la contienda, a pesar de no haber disparado una sola bala, habiendo mandado a sus jóvenes a una muerte casi segura a cambio de una medalla y una bandera para las desconsoladas familias. Mientras sonreían mostrando una tosca masculinidad de guerreros, los tres se odiaban los unos a los otros, Roosvelt consideraba que no tenían que haber frenado hasta llegar a invadir Moscu, Churchill despreciaba a los rusos casi tanto como a los americanos y el viejo seminarista ruso odiaba a todos. Aquel día comenzaría casi de forma oficial la guerra fría y a partir de ahí el mundo sería un tablero donde los países se dividirían en amigos, enemigos o inservibles en función del bando desde donde se viese la jugada. Pero a esta terrible situación geo-política faltaba un ingrediente para darle un poco de picante. Apenas siete meses después Little Boy y Fat Man redujeron a apenas dos hoyos humeantes las ciudades de Hiroshima y Nagasaki en Japón. Doscientas cincuenta mil civiles muertos para terminar de una vez por todas la segunda guerra mundial. Ya la gente sabía lo que era una bomba atómica, y se daba por hecho que la siguiente guerra mundial sería la última.


       En Berlín, no solo se construía el muro que dividiría el mundo, sino que los principales servicios secretos se repartían los prisioneros de guerra, especialmente los científicos prácticamente al peso. "A cuanto esta el físico", "Me das estos tres matemáticos y el ingeniero es tuyo", ese tipo de asuntillos. Así que con los científicos necesarios conseguidos en las "subastas" del Checkpoint Charly el ejercito ruso consiguió la bomba atómica tan anhelada antes de una década nivelando las fuerzas con Estados Unidos. Desde ese momento la guerra mediática en la zona influenciada por EEUU fue brutal, todo lo ruso era malo, los comunistas eran diablos que tenían vodka en sus venas y desayunaban fetos de cristianos. Menos mal que gracias a las novelas,a la prensa, al cine, a la radio y a la recién nacida televisión sabíamos de la salvadora existencia del ejercito americano, de los flamantes agentes del FBI y por supuesto, de James Bond. Los comunistas podrían hacer lo que quisiesen más allá de Varsovia, que aquí en occidente estábamos bien cubiertos.

       En este contexto encontraremos a nuestros primer héroe. En el año 1962 estaban a tortas EEUU y la URSS y todos los que estaban entre medio contenían el aire. Kennedy apuntaba a Moscú con sus cabezas nucleares establecidas en Turquía y Kruschev hacía lo propio con las suyas apostadas en Cuba. Los diplomáticos negociaban como locos para frenar lo que hubiese sido un apocalipsis adelantado sin el permiso de Dios. En estas que cercanas a las costas de Cuba, un submarino Foxtrot soviético con cabezas nucleares esperaban el fin de las negociaciones y las ordenes pertinentes, dando por hecho que llagaban si ser vistos. Pero el infierno estaba a punto de abrirse cuando unos destructores estadounidenses descubrieron su posición y comenzaron a lanzar cargas de profundidad ignorando lo que el submarino B-59 llevaba a bordo. Las cargas consiguieron que el sumergible perdiese gran parte de su sistema eléctrico, radares, ventilación e incluso radio. Solamente funcionaban el aparataje necesario para iluminar con luces de emergencia, navegar y lanzar las cabezas nucleares para mandar al mundo a donde se merecería si la diplomacia y el sentido común se veía suplantado por la guerra de poder y dominio. Mientras los destructores esperaban, conscientes de haber dañado al submarino, a que se viese obligado a emerger, bajo el agua se desataba la alarma. Sin noticias de las negociaciones, sin radio y bajo ataque deducieron de forma casi lógica que la guerra había dado comienzo y había que actuar. El calor empezaba a ser agobiante, la concentración de dióxido de carbono iba en aumento y los nervios se desataban cada vez que algún tripulante se desmayaba. Para detonar la cabeza nuclear tenía que haber consenso entre el comandante Savitski, su segundo Arkhipov, y el oficial político Maslennikov. Solo el de menor rango, Arkhipov, parecía mantener la sangre suficientemente fría como para negarse al acuerdo de dar salida a los misiles. Tan terco y valeroso se mostró que no tardó en disuadir a su comandante, y la amenaza quedó en un segundo plano. Finalmente comienzan a emerger a la superficie donde serían capaces de recibir instrucciones del Kremlin entre medias del Task Force estadounidense. Ese mismo día hubo acuerdo entre Washington y Moscú, y el primer capitulo de la tercera guerra mundial fue puesto en espera, completamente ajenos que el oficial Vasili Arkhipov y sus huevos habían salvado al mundo del desastre.

       Pero para huevos, los de Stanislav Petrov. Corría el año de 1983. El mundo casi se había acostumbrado a la guerra fría, y solo los soñadores podían pensar ya en un mundo de entendimiento después de casi cuarenta años de amenazas políticas y juegos de dimes y diretes entre servicios de espionaje y conflictos armados a lo largo del globo. Los actores habían cambiado y ahora llevaban la voz cantante dos calamidades de la naturaleza que por algún motivo habían llegado donde habían llegado: Reagan y Andrópov. Ambos con su escasa mano izquierda habían vertido gasolina nuevamente sobre las más que usadas ascuas de la discordia, para reavivar la guerra fría (hay veces que la poesía puede conmigo), con lo que tenían a todos los actores pendientes para iniciar la tan larga esperada y nunca recibida (Dios mediante) tercera guerra mundial. Pues Petrov era un militar informático que era por añadidura teniente coronel de las fuerzas aéreas soviéticas y por añadidura director de un centro de operaciones cercano a Moscú que monitoreaba las actividades balísticas estadounidenses, y cuando digo balísticas me refiero a misiles transatlánticos capaz de reducir a cenizas cualquier pueblo que se les antoje sin capacidad de redención o cambio de idea. Fue entonces, el 26 de septiembre del ´83, aún 25 al otro lado del mundo (este dato es importante) cuando se detectó en los satélites soviéticos, y por ende en los monitores de la central de Petrov, poco pasado la medianoche moskovita, la alerta roja. Desde el duro estado de Montana llegaba la señal de un misil transatlántico con dirección Russia. Petrov, que con casi toda seguridad y como buen jefe que le toca el turno de guardia habría dicho algo así como "muy grave ha de ser la cosa para que me despertéis", analizó la situación. Su obligación era informar a los altos mandos, y activar el famoso botón rojo que hubiese dado la inmediata respuesta a la guerra nuclear, pero mientras pensaba y analizaba, la pantalla mostraba como otros cuatro artefactos salían desde la misma base, y en la misma dirección. Y sin embargo esperó. Mantuvo firme a su gente esperando una decisión y el bueno de Petrov, frío como solo un ruso sabe ser, aguantó. Si lo piensas tiene lógica: si EEUU ha de empezar una guerra nuclear no va a hacerlo desde una base a quince mil kilómetros de distancia, cuando me tiene rodeado de muchas más cargas, mucho más cercanas y mucho más peligrosas; debe tratarse de un error del satélite. Hay que tener un par para llegar a semejante conclusión sin que te tiemble el pulso. Y total, si en diez minutos no había pasado nada sería un error, y si pasaba pues nada, todos calvos mártires de la causa justa. Pero Petrov tuvo razón, y lo que los monitores recibieron no fueron jamás misiles malintencionados cruzando el atlántico, sino una mala lectura de uno de los satélites soviéticos que interpretaron la reflexión de los primeros rayos solares del equinoccio de otoño con otra cosa bastante más preocupante. Petrov había salvado al mundo como hubiese hecho Arkhipov años atrás. Pero lejos de felicitarle por su buen juicio y templanza lo degradaron por romper con el protocolo establecido y lo sometieron a degradantes y violentos interrogatorios en agradecimiento, pensando que podía tratarse de un agente doble. Solo muchos años después fue reconocido por las instituciones por tenerlos mejor que el caballo de Espartero. Pero eso no compensaría los años de vejaciones que había sufrido por ser un hombre valiente.

       Y así sigue el mundo, mientras los criminales posan sonrientes sobre las brasas de los difuntos, a los héroes anónimos que salvan millones y millones de vidas con decisiones propias de un valor mitológico son callados e incluso vilipendiados. Me consta que no solo fueron los rusos los héroes de esta historia. No hace demasiados años que el ejercito americano desclasificó archivos de honorables desobedientes como habían tenido los rusos, pero a mi no me queda claro si era una forma más de nivelar la balanza o en verdad ocurrieron. Al fin y a la postre se trataba de comunistas convencidos los que habían salvado al mundo, y eso es impensable. Al desgraciado de McCarthy le hubiese dado un infarto, que en mala hora no le dio, pero eso SERÁ OTRA HISTORIA.

domingo, 14 de febrero de 2016

El Código Pla


"A algunos hombres los disfraces no los disfrazan, sino los revelan.
Cada uno se disfraza de aquello que es por dentro"
Gilbert K. Chesterton

       JOSEP Pla i Casadevall, sería una versión de nuestro actual Paco Marhuenda durante la guerra civil, un periodista catalán de extrema derecha que simpatizaba contra la república, la modernización y el progreso de España; si por ambos fuese este país seguiría viviendo en la edad media y agradarían con sus vanas e imbéciles palabras los oídos de los obsoletos monarquistas absolutistas que aún quedaban a principios del siglo XX, podemos deducir que no habían entendido nada de la conquista ilustrada francesa de principios del XIX.

       El caso es que tras el fracasado golpe de estado que sumió a este país en una cruenta guerra civil de tres años de duración, Josep Pla optó por ser espía (y solo eso, ya que el servicio secreto español aún tardaría décadas en ser formado) del bando malamente llamado nacionalista ya que fue el bando golpista en la Barcelona republicana. Durante la resistencia catalana contra el ejercito sublevado Josep Pla escribía en "La Veu de Catalunya" ( no hace falta traducir, ¿verdad?), claramente de derechas pero aún suficientemente acobardado como para escribir libremente en contra de la república. A pesar de estar bajo el mecenazgo de Cambó no se sentó seguro hasta que emigró de España a Francia, concretamente a Marsella y es en ese momento cuando se convierte en informante de los golpistas. Informaba habitualmente de toda información que le llegaba de Barcelona en sendos telegramas. Hasta el día que escribió un mensaje indescifrable para los criptógrafos del ejercito, el telegrama decía:
 "Necesito una gabardina"

       Este mensaje fue para el bando sublevado un ejemplo de la pericia y astucia de Pla para eludir los interpretes republicanos y rápidamente los lumbreras y listillos se precipitaron a decodificar el mensaje. Lo pusieron del derecho y del revés, usando todos los códigos criptográficos de los que tenían a mano o conocían. Cuando se dieron por vencidos, incapaces de romper el mensaje en código y temiendo por la seguridad y vida de su agente, mandaron a otros dos espías a Marsella para poder averiguar el secreto. Durante días, la invisible sombra de Pla le seguía a todas horas tratando de encontrar situaciones que justificasen una actitud y mensaje tan extraño. Finalmente y habiendo agotado la paciencia de los agentes, acudieron al encuentro del escritor desterrado para de forma poco sutil y torpe susurrarle al oído: 

       -"No hemos entendido su mensaje, por favor especifique" preguntaron con un atisbo de admiración los agentes.
       -"Aquí llueve mucho, hace frío y no tengo dinero para pagarme una" respondió un lacónico Pla que muerto de frío no daba crédito a lo que oía. Avergonzados los agentes se retiraron dispuestos a escribir un informe que estaban seguros iba a resultar muy poco creíble.

       Sólo apuntar que a raíz de semejante historia, los criptógrafos se tomaron su trabajo de forma menos rigurosa, y una vez ganada la guerra por la facción auto-proclamada nacionalista (como si los republicanos no fuesen patriotas), Josep Pla regresó a Barcelona para ser subdirector de La Vanguardia bajo la dirección de Manuel Aznar, que más adelante tendría un nieto llamado José María, pero esa SERÁ OTRA HISTORIA.

sábado, 13 de febrero de 2016

El "Santo" que Negaba a la Muerte


"Antes de que podamos arrepentirnos tenemos que pecar"
Rasputin

       POCOS analfabetos han llegado tan alto, han sido tan poderosos y tan temidos como este misterioso personaje que se coló en la corte de los Romanov en San Petersburgo, la que fue capital de Rusia durante el imperio zarista y su final, una figura que admitió tanto admiración como odio y miedo a partes iguales.

       Nació bajo el nombre de Grigori Yefimovich Rasputin, en el pueblo frío y duro siberiano de Prokóvskoye, una zona inhóspita donde la población era rural, carente de acceso a la educación y tan dura como el clima que a duras penas sobrevivían. Ya desde su juventud, especialmente bien entrada la adolescencia fue creando un nombre más que negativo en la zona, era un ávido depredador sexual, bebedor insaciable, maleducado y pendenciero, atributos que no le iban a abandonar a lo largo de su vida. Contrajo matrimonio a temprana edad con una campesina tan analfabeta como él y rápido empezó a brindarle hijos, a los que no tardaría en descuidar. Entre todas estas virtudes, Rasputín era más dado a recoger el trabajo de los demás que a sufrir para disfrutar de los frutos de su propio esfuerzo, así que la fama de ladrón y cuatrero le llegó rápido y no sin motivo. La razón por el que dejó su pueblo natal y hogar difiere según la fuente. Una dice que accidentalmente en uno de sus escarnios mató a un niño, pero otra mucho más divertida dice que al tratar de robarle los caballos a un vecino fue sorprendido por el dueño, que lejos de amedrentarse porque Rasputín blandiese un hacha, cogió una tabla y se lió a golpes con el protagonista de la historia de hoy y su colega de correrías, impactando directamente en la cabeza de Rasputín dejándole fuera de combate y produciendole una profunda hemorragia. Siguiendo esta versión, Grigori se levantó como un hombre iluminado, privilegiado por haber oído la voz de Dios, o eso decía. El caso es que fuese la versión que fuese Rasputín abandonó sus escasas posesiones y a su familia y comenzó su periplo religioso.

       Inicialmente ingresó en el monasterio ortodoxo de Verjotuye, pero no como monje sino como peregrino, al asilo de la iglesia que lo aceptó sin preguntar. Durante los meses en los que estuvo ahí voluntariamente recluido aprendió la vida, los rezos y las funciones de un monje ordinario, pero jamás tomó los votos para ejercer el sacerdocio. Tras abandonar el monasterio ingresó en la secta de los Jiystý, una nueva mezcolanza de creencias que aunaban en singular sincretismo la estricta ortodoxia rusa con creencias paganas siberianas dando fruto a una extraña ritualistica que mezclaba el sexo con el dolor del arrepentimiento, creando orgías en las que se llegaban al trance antes de aplicar la dura penitencia que llevaban a la mística, por eso se llamaban flagelantes. Fue ascendido a líder de su pequeña comunidad de feligreses, pero sus perversiones sadomasoquistas rápido consiguió que le echasen de la secta también. Es por eso que los dos siguientes años los pasase deambulando de forma errante para algunos autores, en santa peregrinación para otros, e improvisando según la situación en mi opinión, por que a pesar de tener una educación poco más que básica, era especialmente listo. Los datos de sus viajes son especulaciones así como las fechas. Hay quien afirma que llegó a Israel, pasando por Mesopotamia y otros centros de culto donde se familiarizó con el ocultismo y especialmente el hipnotismo, pero como digo solo se trata de conjeturas. El caso es que se convirtió en una especie de santo mendigo que circulaba por Rusia, hasta el año en que dio con sus huesos en la capital, San Petersburgo, ciudad imperial y palaciega donde los más allegados a la dinastía Romanov que había regido el vasto imperio ruso durante más de tres siglos empezaron a considerarlo un hombre santo o un interesante entretenimiento de alta sociedad.

       Era algo nuevo y peculiar en los aburridos y elitistas círculos de la nobleza rusa que no se abría por norma al campesinado, así que cuando este "iluminado" contaba con su rudeza maleducada de los pueblos de la lejana Siberia, los hombres lo consideraban como un testimonio inusual y las mujeres como un atractivo animal sin precedentes. En su condición de santo itinerante Rasputín se dejó una larga barba para aparentar una edad mucho más avanzada, y así una santidad mucho más representativa y respetuosa. Esto, unido a su falta de higiene (por lo visto era literalmente maloliente cuando llegó a San Petersburgo) junto con su penetrante mirada consiguió hacer de su presencia una especie de extraño e inexplicable sex-appeal con el que consiguió que gran parte de las mujeres de alta cuna hablasen de él como de un hombre santo por no hablar de los placeres sadomasoquistas que practicaba con ellas, al más puro estilo Jiystý, el único ritual que se había aprendido a dedillo, y a las que llamaba con cierta displicencia y malicia sus "damitas". Precedido de semejante fama entre los corteses y cortesanas del imperio, y cogido de la mano de un sacerdote llamado Ceofán, fue guiado en poco tiempo y de forma directa ante los zares Nicolas II y Alejandra, esta última zarina de todas las Rusias a pesar de su condición de alemana. Esta tan noble pareja en busca de una apropiada sucesión buscó desesperádamente un varón para continuar con la dinastía, pero una tras otra solo engendraba niñas, cuatro en total, hasta que el tan ansiado heredero del imperio llegó, el zarévich Aleksei, el cual llegó con una enfermedad hereditaria por parte de madre: la hemofilia (o porfíria según otras fuentes). El pequeño heredero del imperio y de la patología sufría de unos dolores horribles hasta que por casualidad (o quizás no tanto) Rasputín llegó al palacio de los Romanov.

       A gran parte de las nobles de la época inexplicablemente las había seducido bien fuese en sus palacios como en los baños públicos, donde Rasputín no hacía distinciones entre una duquesa o una vulgar prostituta del cáucaso. En su condición de apestoso playboy lo primero que hizo fue preguntar por la zarina según llegó a palacio. Cuando fue informado de que Alejandra de las Rusias se encontraba asistiendo a su miserable hijo en una de sus crisis insistió e insistió hasta que fue llevado al joven e indefenso heredero que se debatía en el sufrimiento causado por su desconocida dolencia. Rasputín, frío como sólo sus orígenes entienden el significado de la palabra, le hizo al joven zarévich una carantoña en la nariz, se postró al lado de su cama y empezó un numero de plegarias, que no solo calmarían el indecible dolor del joven príncipe sino que alimentaron tanto la ilusión como el agradecimiento de los imperiales padres del niño. Poco a poco y a medida que Raputín aliviaba los sufrimientos del joven príncipe, se asentaba paulatinamente como hombre santo y consejero de la familia imperial. La zarina se refería a Rasputín con cariño y respeto como "el anciano". A medida que su poder e influencia crecía también lo hacían sus numerosos enemigos y su virulencia hacia el "monje loco" como el mismo se dignó a autodescribirse. Siguió durante años pegado a la familia real hasta el comienzo de la primera guerra mundial, en la que contra todo pronóstico y sin explicación alguna instó al zar a no entrar en contienda. Pero las presiones internacionales fueron más fuertes y Rusia se declaró en guerra con Alemania, y a medida que el conflicto fue ganando virulencia y Rusia era atacada por su flanco oriental, el Zar Nicolas II se vio obligado a dejar la regencia de su gobierno en manos de la Zarina mientras él dirigía sus ejércitos. Pero la voz de la Zarina dependía en grado directo de la de Rasputín que una vez tuvo el poder en sus manos empezó a designar a allegados a él y con una moral tan o más cuestionable en cargos de poder, tanto en el gobierno como en la iglesia. Esto ya fue el colmo para la nobleza, que no cansada de ver como este peligroso "santo" vejaba a sus mujeres con el mismo poco decoro con el que hacía a las putas, sugirieron a la Zarina que pusiese a la policía secreta imperial a seguir a Rasputín. Pero por mucho que los informes fuesen desfavorables, su excelencia hacía oídos sordos, ya que una y otra vez, calmaba los dolores del joven príncipe como nadie más sabía hacer, y para ella eso bastaba. Rasputín, mucho más consciente de la realidad civil que la zarina, escribió a esta con sus escasos conocimientos de ortografía y con su dura caligrafía impositiva la siguiente advertencia:

       "Si fuesen sus parientes los causantes de mi muerte, entonces, nadie de su familia, es decir, ninguno de sus hijos o parientes, vivirá más de dos años... A mí me matarán. Ya no estoy entre los vivos. Rece, rece; sea fuerte, piense en su bendita familia".

       Cansado de tanta influencia sobre la Zarina en ausencia de su marido, el príncipe Yusupov, miembro de una de las familias aristocráticas más ricas e influyentes del imperio decidió, junto a otros disidentes o cornudos por Rasputín, a poner fin de una vez y por todas a la malsana influencia que el pecaminoso santo ejercía sobre la familia imperial. Guiando al falso monje con la coartada de una falsa amistad, o un falso cortejo en la mujer de Yusupov, en función del autor, el noble conspirador le llevó a su palacio, en el que le ofreció pastelitos y vino espolvoreados con cianuro, y si bien Rasputín no era un hombre goloso, dio buena cuenta del vino. Atónito contemplaba el conspirador como degustaba copa tras copa de vino envenenado sin hacerle ningún efecto. Desesperado subió las escaleras donde encontró al resto de conspiradores. Empuñó un revolver como solución drástica a la negativa del "santo" a ser victima del veneno, y según bajó le descerrajó un disparo en el pecho que le dejó inerte en el suelo. Atemorizado por los poderes que se le atribuían a Rasputín subió jubiloso a encontrarse con el resto de conspiradores hasta que uno tuvo la infeliz idea de cuestionar la muerte del perverso personaje. Yusupov, lleno de duda bajó al comedor donde el cuerpo del "santo" reposaba en el suelo. El joven príncipe sacudió el cuerpo consciente de su falta de vida, hasta que el cuerpo cadaver saltó contra su agresor soltando horribles espumarajos de rabia que a poco espantaron el espíritu del príncipe, que como alma que lleva el diablo subió las escaleras gritando que el diablo estaba vivo. Cuando Yusupov bajó escoltado por sus camaradas, el cuerpo de Rasputín no estaba donde debía estar. Lo buscaron desesperadamente hasta que fue encontrado serpenteando huyendo a través de los jardines de palacio, donde Purishkevick (uno de los conspiradores) le pegó un tiro a la altura de los riñones. Un tercer y misterioso disparo perforó la frente del otrora devoto santo del imperio. Yusupov cargó su miedo y su impotencia contra el inofenso cadaver con una barra de acero con la que golpeó repetidas veces el supuesto cadáver. Éste fue echado en el maletero de un coche atado de pies y manos (por si acaso) y echado en un saco con el que se suponía que iba a a terminar su historia en las gélidas aguas del río Nevá, donde se hizo un agujero en el hielo propio del diciembre ruso, y ahí se echó el más que supuesto cadáver del otrora consejero imperial. Dos días después el cadáver del místico fue encontrado, pero no aterido y rigido por el "rigor mortis", solamente congelado y ahogado, y con gesto de tratar de buscar la salida a través del hielo como si ninguna de las heridas infligidas en él hubiesen tenido el más mínimo efecto.

       Como hasta la fecha la autoinculpación del príncipe Yusupov es la única versión aceptada como oficial, no entraré en otras que la contradigan en la que mencionan que un certero tercer disparo directo en la frente provenía del servicio secreto británico. Sólo decir que, tal y como vaticinó Rasputín, todos los Romanov fueron fusilados o muertos antes de dos años de su asesinato, con la duda de la pequeña Anastasia, al comenzar al levantamiento bolchevique, pero es casi una anécdota referida a los años de revolución posteriores, pero esa SERÁ OTRA HISTORIA.

viernes, 12 de febrero de 2016

Generalísimo por sus huevos


"A mí la prensa siempre me ha tratado bien"
Francisco Franco


          "BARAKAH" es la palabra que emplean los moros para designar la suerte del elegido por Dios, o la suerte divina. Decían en las Regulares Indígenas en Marruecos que uno de sus jóvenes oficiales gozaba de tal distinción, nada menos que Franco, el que sería dictador, generalisimo y jefe de estado durante casi cuarenta años, y si se estudia su vida, suerte tuvo, pero solo según se mire:

       Internacionalmente conocido como Francisco Franco, su nombre completo es menos conocido y bastante cómico en estos días, cualquiera que se llame Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo no pasaría desapercibido hoy en día. Paquito es un nombre más usado hoy en día, especialmente para sus detractores, pero Paquita le llamaba su padre, entre otros muchos epítetos descalificativos, pues éste nunca le tuvo gran cariño. Nicolás Franco era un militar de la marina, de ideas liberales tanto políticas como morales, lo que no le impedía ser un mujeriego y desatender durante meses a su familia mientras estaba de servicio, mayoritariamente en Cuba. En las cortas estancias que pasaba en El Ferrol, Nicolás Franco vaticinaba constantemente que Francisco (No así Ramón o Nicolás, los hermanos más agraciados) no llegaría a ningún lado, ni sería nunca nadie importante, atendiendo a su presencia física y a su corto intelecto además solía torturarle llamándole Paquita por su voz meliflua. Esta humillación intermitente se vio compensada por los cuidados de su madre, María del Pilar Bahamonte, que completamente contraria a su marido, era de tradición conservadora y piadosa de Misa y Rosario diario. De ahí le vendría al joven Francisco su férrea fe católica. Así poco más o menos el joven Francisco se iba desarrollando entre las faldas protectoras de su madre y las dolorosas visitas que ocasionaba su padre, que acompañaba sus insultos con duros maltratos físicos. Esto fue hasta la humillante derrota de la armada española frente a Estados Unidos en la que se perdieron las últimas colonias del otrora imperio español: Cuba y Filipinas. Para la sociedad española en general fue un mazazo, pero para la pequeña comunidad marina de El Ferrol fue un golpe sin igual; los niños iban con una banda negra en el brazo en señal de luto mientras esperaban a que sus derrotados marinos volviesen a casa. Francisco vio como su padre volvía para quedarse ya que no quedaba ningún barco en el que servir, un miembro de la Armada sin barco, bien vale lo que nada, y al joven Francisco le toco aguantar los agravios de su padre durante ocho largos años. Hasta que les abandonó. A él, a su madre y a sus hermanos, se fue a Madrid y nunca más volvió a saber de él. Si esto es suerte, que venga Dios y lo vea.

       El mismo año que su padre dejó la familia a su suerte, Francisco tenía ya catorce años e intentó alistarse en el ejercito, más completamente en La Marina. Pero no tuvo suerte. Suspendió todos los exámenes. Cierto es que el chaval tenía una capacidad de organización, trabajo y disciplina sin parangón pero no gozaba de demasiadas luces. Con lo que una vez fracasado su intento de alistar en la Marina, lo intentó en el ejercito de Tierra y ahí si lo consiguió (según algunos autores gracias a viejos contactos de su padre) y se fue a Toledo, a la escuela de oficiales. Su estancia ahí no le iba a ser más grata que la estancia en casa con su padre. El resto de compañeros no pararían de hacerle notar sus carencias, tanto de estatura como de intelecto, acompañadas por una voz de pito que no le abandonaría en su adolescencia y que daría juego a las burlas más crueles. Franco se había convertido nuevamente victima de la malicia de sus allegados. Enrocado en un virulento rencor aprendió a pasar su tiempo de la forma más solitaria posible, esperando el momento para demostrar su valía, aunque ese tiempo debió esperar bastante tiempo. Se licenció llegado el momento, con diecisiete años, pero de forma poco menos que discreta, quedando en el puesto 251 de 312 de su promoción. Ya era sub-teniente del ejercito de tierra, pero aunque deseaba ir a África para poder escalar en el rango militar, las asignaciones eran de acuerdo con la nota, y como España en aquel momento solo tenía superávit de oficiales en un ejercito colonial menguado por las derrotas, solo consiguió una discreta posta en El Ferrol, su pueblo natal, del que tanto había tratado de huir, Si esto es suerte, que venga Dios y lo vea.

       Pero al cabo de un año de estar apostado contra su voluntad y ver su carrera ralentizada empezó la racha de suerte que le hizo un celebre idiota. Las guerras en el sur de Marruecos se estaban intensificando, lo que implicaba al oneroso recuerdo del que fue un gran imperio, las tribus bereberes y subsaharianas atacaban el sur de marruecos, y como ningún español se quería alistar para combatir en una guerra que no entendían, tuvo que reclutar a marroquíes lo que pasó a llamarse el cuerpo de regulares marroquíes, el cual sólo los más valientes oficiales se atrevían a mandar, puesto que se trataba de ordenar a moros a matar a otros moros. Franco presentó su solicitud y fue aceptada sin trabas. Aunque estaba dispuesto a hacer de su tropa digna de admiración, nunca llegó a confiar del todo en ella, puesto de su condición indígena, así que las primeras semanas las pasó con más miedo que vergüenza, durmiendo con su revolver en mano por si acaso cualquiera de sus soldados sucumbía un cruce de lealtades y tenía la feliz idea de rebanarle el gaznate. A pesar del miedo y la inseguridad con respecto a sus tropas, empezó a granjearse cierta fama entre los oficiales por su disciplina, y entre sus tropas por su actitud temeraria. Mientras la mayoría de los oficiales daban las ordenes desde la retaguardia, Franco se ponía en primera linea de batalla, sin agachar la cabeza entre la lluvia de balas con la que era recibido por el enemigo. Esa audacia fue fuertemente celebrada por sus tropas, hasta 1916 en que fue herido gravemente. Hasta hace relativamente poco tiempo se había aceptado la heroicidad de haber sido acertado en el bajo vientre, pero ahora sabemos gracias al periodista, escritor e investigador José Maria Zabala, que donde fue herido fue en los testículos, perdiendo uno de ellos. En una entrevista concedida por su única hija esquiva un poco sonrojada la peripecia hablando una vez más el bajo vientre. Si esto no es mala suerte...

       Pero quizás no era mala suerte del todo, esta herida supuso el tan ansiado ascenso a comandante, el cual tuvo que pelear ya que sus oficiales no quisieron otorgárselo a pesar de ser una más que conocida regla no escrita, cualquier oficial herido conseguiría un automático ascenso y para colmo salvo su vida, porque mientras se recuperaba en Ceuta hubo una sublevación de los moriscos contra sus oficiales en la que casi todos los españoles recibieron la degollina con sorpresa y sin clemencia.

       Convaleciente en España de su perdida testicular, al poco de recobrar sus capacidades y contra su voluntad fue reasignado en Oviedo, aunque lo que él realmente quería era volver a África para continuar con su ascensión. Sin embargo en Asturias su vida cambió por partida doble, conoció a Carmen Polo, una muchacha de buena familia venida a menos, y la movilización anarquista de mineros de 1917. Para España no era más que una huelga más, pero para Franco, herido de guerra por no decir que perdió un huevo, era una nueva oportunidad de notoriedad. Aplastó la pequeña rebelión con mano de hierro, mientras que cortejaba con Carmencita, una chiquilla que de no haber conocido a Franco se hubiese retirado a un convento, era tan creyente como él, sino más, así que podemos adivinar que su vida sexual no solo durante el cortejo sino durante el matrimonio debió ser casi nula, no solo por dormir en camas separadas, ni por que sus inquebrantables ideales católicos, sino porque entre otras peculiaridades Franco tenía fimosis como confesó su medico personal y se negaba a operarse, lo que hacía que sus relaciones sexuales fuesen terriblemente dolorosas. Hay autores que insinúan que fue uno de los hermanos el que le hiciera el favor a Doña Carmen para engendrar a su hija, pero casi creería que se trata de un bulo indemostrable.

        No pasó demasiado tiempo hasta que Alfonso XIII supo de su existencia, especialmente después de su regreso a África de la mano del infame Millán Astray y su legión. Millán Astray era un zopenco descerebrado pero al igual que Franco tenía mucho valor, así como casi una cicatriz o tara de cada batalla en la que había librado y tenía un gran desprecio por los intelectuales, llegando a presumir durante su vida de haber escupido a Unamuno en la cara, cuando fue el gran Miguel el que le humilló en la universidad, pero eso es otra historia. Franco dicho sea de paso también despreciaba profundamente a los intelectuales, pero eso en público, en privado y bajo seudónimos, como J. Boor publicó libros infumables contra la masonería, y como Jaime de Andrade realizó el guión de un bodrio cinematográfico llamado Raza. en este film propagandístico de 1941 se recrea la discusión de dos hermanos, uno de ellos reivindica la legitimidad de la dictadura militar mientras que el otro defiende la democracia optando el mismo a usar la fortuna familiar para llegar a diputado. Se trataba claramente de él mismo por un lado y de su hermano Ramón, que debió ser tanto el enemigo natural como la envidia de Franco, ya que era hábil, inteligente, librepensador y para colmo, llegó a diputado de las cortes con Esquerra Republicana. Pero no debería desviarme ya que todo eso llegaría años después. Bajo la protección de Alfonso XIII, el tutelaje de Millan Astray, y la dictadura militar de Primo de Rivera, su ascenso militar fue meteórico, llegando al rango de general con la corta edad de 33 años, siendo el más joven en toda Europa. Fue nombrado después director de la Academia Militar de Zaragoza, y después Jefe del Estado Mayor, hasta que llegó la república y se le acabó el chollo.

       Tras el negro bienio de derechas en el que gobernó Gil Robles al frente de la C.E.D.A., la izquierda retomó el poder y la primera medida fue distanciar a los generales que consideraban potenciales amenazas a la república. Franco que siempre se había declarado monárquico y anhelaba la vuelta de Alfonso XIII fue mandado a las Canarias, concretamente a Tenerife, con la prohibición expresa de no abandonar la isla sin permiso del gobierno. Cuando comenzó la fallida sublevación militar que daría lugar a la guerra civil española Franco no soñaba con llegar hasta donde llegaría al terminar la contienda y esperaba el retorno del Rey como durante la dictadura de Primo de Rivera, pero cuando disfrutó del poder absoluto se negó a la reinstitución del monarca. En su exilió Alfonso XIII se lamentaba habitualmente con la frase "¡cómo me engaño el gallego!" pero eso SERÁ OTRA HISTORIA.