"Caín, ¿Que le hiciste a tu hermano Abel?"
Trotski
LA TENSIÓN iba en aumento en la "dacha" que el Jefe tenía cercana a Moscú. Alrededor de la cama del moribundo Stalin, sus hijos Svetlana y Vasili rezaban, los ministros cuchicheaban, entraban y salían de la estancia, sin saber bien qué hacer o qué ir preparando. El único que mantenía una aparente calma y control de la situación era Lavrenti Beria, jefe de los servicios secretos, o como se decía en la unión sovietica, Comisario del Pueblo para Asuntos Internos, que increpaba a unos médicos aterrorizados de que se les acusase de no haber salvado al padre de la Patria, entre oficiales, militares y políticos que solo pensaban en si la inminente muerte de Stalin sería una liberación o la condenación, así como su supervivencia. El antiguo seminarista georgiano llevaba cuatro días en la cama debatiéndose entre la vida y la muerte cuando finalmente según cuentan algunos testigos, entrada la noche del 5 de Marzo de 1953, con más de setenta años, Stalin alzó la mano hacia el cielo en gesto intimidatorio, como queriendo maldecir a todos los allí presentes y exhaló su último aliento. Y los cimientos del país de los soviets temblaron en contradictorias corrientes. El mismo Pablo Neruda habló de él como "el más grande de los hombres sencillos, nuestro maestro" a la noticia del fallecimiento del totalitarista ruso. Era tan "grande" y "tan sencillo" Pablo, que más de cincuenta millones de victimas te hubiesen abofeteado en la cara si pudiesen, diez millones de muertos de hambre por la reestructuración agraria, treinta millones en las purgas ideológicas, más de veinticinco millones de soldados rusos lanzados a la muerte en la segunda guerra mundial solo para gastar las balas alemanas. Su numero de victimas si que era grande, y si dices que era "sencillo" por vivir en un apartamento de una sola habitación y merendarse una lata de sardinas en aceite todas las tardes te lo compro, pero vamos, no me jodas. ¿Y yo que hago hablando con un cadáver?. Pero si tenía una casa de campo, su dacha, donde tenía un pequeño cine en el que contemplaba películas americanas de indios y vaqueros en inglés y a pesar de no entender una palabra las veía una y otra vez. Y no le gustaba verlas solo, sino que las proyectaba antes de cenar para sus invitados, los cuales entendían tanto o nada como él. Pero hasta que la sesión cinematográfica no terminase, no pasaban a cenar, generalmente bien pasada medianoche. Stalin que a lo largo de su vida fue paranoide llevó en sus últimos años de su vida sus sospechas al extremo, y gustaba de emborrachar a sus invitados para sonsacarles después y humillarles. Si Stalin decía que ya debía retirarse porque era muy mayor y ya no estaba capacitado para el cargo y su interlocutor asentía, sería lo último que haría en la vida. Si por el contrario, acertaba por casualidad a todas las trampas que Stalin ponía, el Jefe terminaba la fiesta con la sentencia de que llegaría el día en el que sobreviviría a todos ellos. El hijo de Nikita Jrushchov reconoce haber oído a su padre en más de una ocasión que al termino de aquellas veladas uno nunca sabía si se iría a su casa o a la cárcel sin más preguntas.
El sábado 28 de Febrero de 1953, Stalin despachaba junto a Jrushchov, Beria, Malenkov y Bulganin, sus supuestos hombres de confianza, una botella de Vodka tras otra. Cuando hubieron terminado se retiró a su habitación a altas horas de la noche. Horas después, el nuevo jefe de seguridad del dictador informó que el Jefe había dicho que aquella noche no quería vigilancia, harto extraño con su constante paranoia, pero sus guardaespaldas no dudaron y se fueron cada uno a su camastro. A la mañana siguiente Stalin no salía de su cuarto. Toda la servidumbre estaba ahí y sabían del insomnio del Jefe, pero nadie tenía el valor suficiente como para entrar en la habitación sin permiso. Sólo existía una excepción, que llegó la tarde del día siguiente. El mayordomo personal de Stalin entro en la estancia del mandamas con la escusa de una carta del comité central. Se encontró el pequeño cuerpo del dictador tendido en el suelo, sobre un charco de orines y respirando con dificultad. Baria que se encontraba ahí desde la noche anterior ordenó que le pusieran en la cama, pero pasarían más de doce horas hasta que permitiese que viniese medico alguno a atender al moribundo. A las siete de la mañana del día siguiente la modesta dacha era un avispero de actividad en torno a un cuerpo que batallaba por sobrevivir. Sus médicos personales, los cuales eran los mejores especialistas de la unión soviética, habían sido victimas de su última paranoia que pasaría a conocerse como "el complot de los médicos judíos". Así que los que le asistieron no solo no conocían personalmente al dictador, sino que aparte de llegar tarde estaban literalmente acojonados. Uno de ellos llegó a dictaminar a Beria que el dictador tenía un coagulo cerebral del tamaño de una moneda, y de haber sido avisados con un poco más de tiempo quizás hubiesen sido capaces de salvarlo. Pero al amanecer del cuarto día de batalla vomitó una gran cantidad de sangre. Eso no tenía nada que ver con un fallo cerebrovascular pero bajo la intimidatoria de Beria los médicos no dijeron nada, y el periódico oficial del régimen, el diario Pravda, no haría mención alguna al incidente. Pero vamos, que todos sabían que se trataba de un envenenamiento. Jamás se contemplo esta hipótesis por dos motivos, que los documentos médicos de los últimos días de Stalin en los que figuraba toda la evolución del georgiano al minuto; y el segundo motivo era quién en su sano juicio hubiese querido y podido asesinar al hombre más poderoso de esa mitad del planeta?
Quizás Jruschev, que a pesar de ser un analfabeto de Ucrania, de los orígenes más humildes imaginables había llegado a gobernador de Moscú por méritos propios. Es decir, durante el día ejecutaba sospechosos de disidencia, de exaltación, de conspiración, y por la noche.... Ah, amigo. Él mismo dijo como justificación que "si Stalin pide que baile, un hombre juicioso ha de bailar" y a eso se dedicó los últimos años del Jefe. A danzar, cantar y humillarse como un vulgar bufón a petición de Stalin, que como a todos los psicópatas le encantaba ver cuan bajo podía caer una persona por salvar lo poco que tuviese, dejando de lado orgullo y decoro. Sí, Jruschev era lo suficientemente bajo para salvar la vida y dar continuidad a la obra del monstruo. Pero difícilmemte pudo ser él, ya que el constante miedo que experimentó en aquellos días lo tenía totalmente aterido.
Quizás sus hijos. Su última esposa y madre de sus hijos, Nadezhda Alilúyeva, se había suicidado tras hacer público que no podía pasar un solo día más al lado del criminal de su marido. Esta acción podría parecer heroica de no ser que dejó sin su protección a sus hijos en manos del monstruo. Vasili había ascendido demasiado rápido e inmerecídamente al rango de general por ser hijo de quien era, así que sus fiascos militares habían sido demasiado sonados. Y a esto le acompañó su condición de amedrentado alcohólico, que no era capaz de articular dos palabras en presencia de su padre, mientras que a la espalda de éste, blandiendo el mote Stalin, que nunca fue un apellido sino un código de guerra de su padre que significa Acero, sedujo a todas las mujeres atractivas que había por seducir en la unión sovietica, hasta el día que fue demasiado lejos, y secuestró a la esposa de un general aprovechando que su propia esposa estaba fuera, durante una semana. Stalin degradó públicamente a su hijo por su conducta inmoral y le encerró en un cuarto como si de un niño aún se tratase. En las últimas horas de Stalin, Vasili rogaba por la vida de su padre, porque una vez muerto quién iba a protegerle??? nadie por supuesto. Así que una vez descartado pasamos a su hermana, Tenía Svetlana motivos para querer matar a su padre?. Cuando su madre se suicidó, Stalin comenzó a desterrar sumariamente a su familia política llegando a matar a casi la totalidad de ellos. Cuando Svetlana interpuso en su favor, Stalin no dudó en amenazarla a ella también con las frías y desatendidas explanadas siberianas. Cuando el padre se enteró del primer romance de Svetlana, ella sufrió todo tipo de violencia verbal y física de su padre, pero su amiguete sí que sufrió los gulags en todo su horror, hasta el día en que fue ejecutado sin más cargo que el de amar a la hija del monstruo. Pero por muy raro que parezca ninguno de los dos quería la muerte de Stalin, Vasili era consciente de que sin su padre no viviría mucho, y Svetlana aún muy a su pesar quería a su padre.
Quizás Molotov, compañero inseparable desde el comienzo de la revolución. Juntos habían subido al poder, juntos iban con las respectivas familias de vacaciones, a pasar los fines de semana. Juntos redactaban las interminables listas de deportaciones y ejecuciones, peor aún, Stalin dictaba los nombres y Molotov añadía los de los familiares para que el castigo resultase ejemplar. Se puede decir que Molotov era más Stalinista que Stalin. Hasta el mismo año de la muerte del dictador en la que una acusación abierta de traición en el diario Pravda suponía la caída en desgracia del ministro. A esto se juntó que la mujer de Molotov. Polina, era judía y a raíz del complot de los médicos judios Stalin obligó a su otrora amigo a divorciarse de ella bajo falsas acusaciones de perversión supuéstamente obtenidas del servicio secreto. El día que Stalin celebraba su último cumpleaños coincidía con la fecha de deportación de Polina. Molotov ya en desgracia entro en la fiesta sin invitación para rogar a su amigo clemencia. Stalin ni le recibió. Molotov tenía más que motivos para asesinar a Stalin, pero no lo hizo por dos motivos, el primero porque no estuvo presente el día que el Jefe entró en coma, y segundo que pese a todo, Molotov era el seguidor más devoto y fanático de Stalin, con lo que la idea de si quiera hacerle daño nunca pasó por su cabeza.
Y por último Beria. Es curioso cómo los monstruos se rodean de otros monstruos peores para poder dar un poco de virtud a su vida. Y Beria era el monstruo por antonomasia. Era frío, calculador, asesino en serie, mataba a quien Stalin le ordenaba matar, como Stalin deseaba que se hiciese, torturaba sin problemas ni mala conciencia. Además era un pervertido que recogía mujeres con su limusina negra, para posteriormente violarlas y asesinarlas. Pero llevaba el lado más oscuro del gobierno a la perfección y a todo el mundo bajo la lupa de su servicio secreto. Pero a diferencia de los anteriores, Beria odiaba a Stalin y lo odiaba con toda su alma. Si Stalin no juzgó a Beria era porque también temía su poder. Poco antes de morir, Bería mando ejecutar al que había sido jefe de guardaespaldas de Stalin durante más de veinte años y el jefe no objetó nada. Puso en su puesto a un hombre de su confianza, el mismo que hizo retirar la guardia la noche del envenenamiento. Y que hizo de choffer de un Beria jubiloso en el momento que Stalin murió. En el entierro de Stalin, Beria se dirigió a Jrushchev y le susurró "me debéis una, yo me encargué de él".
Y aunque parece con estas evidencias que Beria fue en verdad el asesino no esta claro del todo que en verdad fuese él, o simplemente se apuntase el tanto para tener al resto de principales dirigentes del gran estado soviético de su parte en una posible sucesión. Quienquiera que le matase solo cometió un error, esperar demasiado tiempo, y tenía más de cincuenta millones de razones para darle matarile a aquel campesino georgiano que en su día entró en el seminario como vía de escape del duro mundo rural y acabó como uno de los mayores monstruos que ha visto la faz de la tierra. El cadáver de Stalin se embalsamó y se puso al lado del de Lennin representando a los grandes padres de la patria. Pero una vez Jrushchev se hizo con el timonel le devolvió los insultos retirandolo del lado de la plaza roja. Pero esa SERÁ OTRA HISTORIA.
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