"Un pueblo sin tradición es un pueblo sin porvenir"
Alberto Lleras Camargo
ES UNA CONTRADICCIÓN enorme la idea que han tenido los hombres blancos en general, especialmente los de países que han tenido ínfulas imperialistas, que han conquistado medio mundo, han tildado de salvajes a los pueblos indígenas que llevaban ahí desde el comienzo de los tiempos, y han tratado de enseñarles la vida "civilizada" muy diferente de la que vivían. Cuando Magallanes cruzaba el sur americano por "primera vez" ahí ya habitaban pueblos que recorrían todos los canales de la Tierra del Fuego con sus rudimentarias barcas desde el amanecer de los tiempos, hoy hablamos de los fueguinos.
Pero no de todas las razas que vivían en esos pasajes aún sin delimitar entre Chile y la Argentina, entre el estrecho de Magallanes, el cabo de Hornos, la tierra de fuego y la patagonia chilena, hablaremos de la tribu de los kawésqar o alakalufes. Esta es una raza extraordinaria que vivían casi la totalidad de su vida en grandes canoas. No se distribuían en grandes grupos, al contrario, cada familia tenía su canoa y se dedicaban a la pesca, especialmente de marisco, como los mejillones que en Chile son del tamaño de un zapato pequeño, peces y leones marinos. Los alakalufes se cubrían los hombros con pieles de focas y se embadurnaban el cuerpo con aceite de lobo marino para combatir el frío. Dentro de las canoas hacían vida, así que tenían una especie de hogar, en el que hacían fuego de forma segura para la embarcación, donde cocinaban y se calentaban. Eran grandes nadadores, y se tiraban desnudos al agua para cazar. Un compañero inseparable para los alakalufes eran los perros, a los que tenían como catadores, para así evitar las mareas rojas que hacen que el marisco se torne toxico, si el perro sobrevivía a la degustación de un mejillón entonces los demás eran buenos para la familia. Raramente llegaban a tierra firme, ya que eran pescadores pacíficos y así evitaban a las tribus de tierra firme como los "onas" y los "haush" que eran cazadores y decididamente beligerantes.
Su vida era simple pero adecuada. Hasta que se toparon con la iglesia.
A finales del siglo XIX, se instaló una misión de monjes alesianos en la isla de Dawson dominando así toda la Tierra de Fuego, con el objetivo de evangelizar a esas "pobres" almas que no habían oído hablar del un hombre que era hijo de un Dios del que no habían oído hablar, en una zona del mundo que no sabían ni que existía en una época de la que no tenían la menor idea, y a pesar de que Jesús no pescaba focas, el mensaje de los misioneros caló rápido. Los alakalufos recibieron de muy buen grado a los misioneros y rápido se dio por evangelizada la zona sin demasiada complicación. El problema que tenían los misioneros era que no veían de buen grado que los indígenas expusiesen sus cuerpos desnudos como habían hecho toda la vida. Les ordenaron que dejasen a un lado sus pieles y sus aceites y les vistieron con humildes ropajes de la época. Pero el decoro de los alesianos fue fatal para los alakalufes, que al tirarse a las gélidas aguas de la tierra de fuego vestidos y pasar las siguientes horas con las ropas chorreantes las pulmonías se pusieron a la orden del día, cayeron como chinches. Por tapar las vergüenzas una comunidad que a principios del siglo XX tenía aproximadamente unas mil personas, antes de dos décadas no quedaban más de un par de centenares de individuos. Hoy en día se estima que no hay más de quince alakalufes puros vivos, y viven del turismo, vendiendo souvenirs en puerto Eden, al sur de Chile. La de hoy ha sido una historia corta, pero los indígenas americanos ocuparán OTRAS HISTORIAS.
Su vida era simple pero adecuada. Hasta que se toparon con la iglesia.
A finales del siglo XIX, se instaló una misión de monjes alesianos en la isla de Dawson dominando así toda la Tierra de Fuego, con el objetivo de evangelizar a esas "pobres" almas que no habían oído hablar del un hombre que era hijo de un Dios del que no habían oído hablar, en una zona del mundo que no sabían ni que existía en una época de la que no tenían la menor idea, y a pesar de que Jesús no pescaba focas, el mensaje de los misioneros caló rápido. Los alakalufos recibieron de muy buen grado a los misioneros y rápido se dio por evangelizada la zona sin demasiada complicación. El problema que tenían los misioneros era que no veían de buen grado que los indígenas expusiesen sus cuerpos desnudos como habían hecho toda la vida. Les ordenaron que dejasen a un lado sus pieles y sus aceites y les vistieron con humildes ropajes de la época. Pero el decoro de los alesianos fue fatal para los alakalufes, que al tirarse a las gélidas aguas de la tierra de fuego vestidos y pasar las siguientes horas con las ropas chorreantes las pulmonías se pusieron a la orden del día, cayeron como chinches. Por tapar las vergüenzas una comunidad que a principios del siglo XX tenía aproximadamente unas mil personas, antes de dos décadas no quedaban más de un par de centenares de individuos. Hoy en día se estima que no hay más de quince alakalufes puros vivos, y viven del turismo, vendiendo souvenirs en puerto Eden, al sur de Chile. La de hoy ha sido una historia corta, pero los indígenas americanos ocuparán OTRAS HISTORIAS.

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