"Tres clases hay de ignorancia; no saber lo que debería saberse,
saber mal lo que se sabe, y saber lo que no debería saberse"
François de La Rochefoucauld
EN EL AÑO 1503 Francesco Bartolomeo de Giocondo le encargó a Leonardo DaVinci el retrato de su mujer ni se esperaría la gran relevancia que el cuadro llegaría a tener. Y a decir verdad no llegó siquiera a contemplarlo nunca puesto que el artista no se volvería a separar de la pequeña tabla de álamo, retocándolo hasta el día de su muerte, en Francia, bajo el mecenazgo del rey francés Francisco I. De esta forma, el magnífico retrato que obsesionó a su autor estaría siempre en Francia, cambiando de manos hasta que la revolución francesa lo puso en el Museo del Louvre, y ahí permaneció.
Un siglo y poco después y a causa de robos y actos de vandalismo la dirección del museo decidió poner algo de seguridad, especialmente a sus obras más representativas y claro, a principios del siglo XX como es normal, los sistemas de seguridad eran bastante rudimentarios y se basaban en un gran marco de madera que sujetaría un gran vidrio. Uno de estos trabajadores fue el carpintero italiano Vincenzo Peruggia, un proto-fascista ultra-nacionalista que no acababa de entender cómo la más genial obra de uno de los más geniales autores italianos, en la que se representaba una gran señora italiana (mona se interpreta como señora en italiano) colgaba de una pared de un museo francés. Un argentino con labia llamado Eduardo Valfierno, falsamente autodenominado marques de Valfierno, y con ciertos contactos en el mundo de la compra-venta de arte, empezó a emponzoñar la mente del ya de por si corta mente del carpintero italiano, con falacias del calibre de "mira tío, esa pieza no pinta nada aquí, se la robo Napoleón, debería regresar a Florencia. Mira, tu la robas, yo te doy un dinero a cambio y vuelves a Italia forrado y casi un héroe nacional" (conversación ficticia pero no demasiado desencaminada). Estas mentiras calaron en Peruggia y se dispuso a dar el gran golpe.
Y así el domingo 20 de Agosto de 1911 al termino de la jornada, Peruggia se escondió en un armario del museo. Y se dispuso a pasar tranquilamente la noche. Cuando llegó la mañana, salió del armario, se dirigió a la sala de la Gioconda y la descolgó, desmarcó el cuadro y se guardó la pequeña tabla debajo de su guardapolvo. Se dirigió a la salida, aquella mañana de lunes en la que el museo estaba cerrado, y pasó el control de un agente de seguridad que le reconoció como uno de los trabajadores, de modo que le dejó salir sin hacer ninguna pregunta. Peruggia llegó así a su pensión de la Rue de l´hospital Saint Louis, con la satisfacción de haber realizado una gran obra de la forma más sencilla y sin levantar demasiadas sospechas. Mientras París se rasgaba las vestiduras por la desaparición del cuadro, Peruggia esperaba paciente al "marqués" argentino que le iba a convertir en héroe. Y esperó, y esperó, y esperó, y durante dos años encerró el retrato de Lisa Gherardini en una maleta sin noticia de Eduardo Valfierno. Hasta el día se que convencido de que el argetino había desaparecido y se dispuso a mandar una carta a un anticuario florentino llamado Alfredo Geri con el mensaje "Tengo la Gioconda" y la firmó con el torpe seudónimo de Leonardo, junto a la petición de medio millón de liras por el rescate. El anticuario se debió tomar en serio la misiva anónima y quedó con el carpintero en el hotel Tripoli de Florencia. Así en Diciembre de 1913, se vieron en el hotel el carpintero Peruggia, el anticuario florentino Geri, el director de la galería de los Uffizi´s y la vieja Gioconda. El resultado de tal encuentro fue que el cuadro era la autentica Gioconda, y la obra fue devuelta al Louvre y el carpintero en vez de verse convertido en héroe se vio con sus huesos en la cárcel, por un tiempo risorio ya que ni al juez se le escapó que Peruggia era un tonto a las tres y había sido victima de los engaños de un embaucador del que no se volvió a tener noticia.
Y no sería hasta el año 1931 un agonizante Eduardo Valfierno confesaba el origen de su fortuna a un periodista estadounidense llamado Karl Decker. El falso marqués había pedido seis copias del retrato al artista y falsificador francés Yves Chaudron, y una vez la noticia de la desaparición del cuadro fue de dominio internacional, Valfierno ofreció sus falsas Giocondas, gracias a sus contactos, a numerosos millonarios estadounidenses y brasileños por el módico precio de $300.000 el cuadro. Jugada maestra, ya que para el tiempo la Mona Lisa retornó a su justo lugar en el museo, nadie se atrevió a reclamar que habían sido engañados por un argentino con una supuesta obra robada. El orgullo de Valfierno fue demasiado grande y no quería que su hazaña pasase inadvertida, confesó voluntariamente a Decker con la condición de que no publicase su entrevista hasta la muerte del gran timador. El periodista cumplió su palabra, y Valfierno entró de lleno en la historia como casi el mejor ladrón conocido. Aunque ha habido otro, español, y espectacular, pero eso SERÁ OTRA HISTORIA.

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