jueves, 18 de febrero de 2016

Diseñando para el Ejercito


"La moda es la última etapa antes del mal gusto"
Karl Lagerfeld

       ESTOS DÍAS está comenzando el juicio contra Rita Maestre, la flamante portavoz del ayuntamiento de Madrid por unos hechos cuestionables hace casi seis años, cuando la demandada cursaba ciencias políticas y solo tenía veintiún años de edad. A esa edad todos cometemos locuras y la de Rita fue asaltar la capilla de la facultad de derecho de la complutense en sujetador entonando el grito de guerra "Arderéis como en el treinta y seis". A mi no se me hubiese ocurrido semejante e inoportuna reivindicación más que nada porque los sujetadores no me quedan bien. Pero yo no voy a juzgar el comportamiento de Rita, eso lo ha de hacer el magistrado. Lo que yo critico es el alarido intimidatorio anticlerical (y cualquiera que me conozca tengo bastante poco cariño hacia la iglesia como institución) y poco informado, ninguna iglesia ardió en el ´36, sino cinco años antes, en la famosa quema de los conventos del ´31. Siento haberte jodido la rima Rita, pero es lo que hay y hay que documentarse.

       Habitualmente se hablan de las dos Españas y no es parte de la propaganda de la marca España, es una curiosidad que subyace dentro de nuestra piel, y si el ser humano esta condenado a enfrentarse los unos con los otros, los españoles lo estamos más, y no por una idea absurda de supremacía si no porque estamos enseñados de cuna a estar enfrentados de forma natural, izquierdas contra derecha y viceversa, Madrid o Barcelona, pro o anti... en todos los ordenes de la vida, el gris sigue siendo un concepto demasiado abstracto para nuestra mentalidad simplista, orgullosa y radical. Sin desviarnos demasiado sobre nuestro ADN patrio, volvemos a la confusión que produce la quema de iglesias en un país profundamente católico, hasta el punto que celebramos todos años la expulsión de moriscos y sefardíes, como si no formasen parte de una historia compartida durante siglos (algunas veces más amigáblemente que otras) hasta que los malnacidos y malnombrados reyes católicos se apuntasen el tanto, quedando de lujo frente al papado.

       En 1931, como a lo largo de la historia de España, el odio entre una parte de nuestros habitantes hacia la otra estaba dispuesta al más mínimo chispazo para crear una llama que calcinase todo el país. Y pocas semanas después de la proclamación de la república, muchos parias analfabetos, confundieron la tan ansiada libertad con libertinaje e impunidad contra todos los órganos considerados opresores por los desheredados, la iglesia, los nobles y los pudientes y se tomaron la tan ansiada revancha. Considerando al clero como un órgano opresor durante siglos, no sin motivos, la tomaron con las iglesias y los conventos, primero en Madrid y después en la mitad sur, desde Valencia a Huelva todas las zonas costeras y de interior desde Castilla La Mancha hasta Tarifa. Cientos de iglesias fueron calcinadas, sus párrocos asesinados y todos sus bienes robados y victimas de todo tipo de injurias ante unas fuerzas del orden que no hacían nada ya que tenían ordenes específicas de mantenerse al margen, o como dijo Azaña "todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano". Que malos son estos rojos republicanos (yo soy republicano), que acto de desprecio sin precedentes. O quizás no. Quizás el ataque ridículo de Maestre o la indiferencia cómplice de Azaña no son los mayores ataques de España contra el templo.


       En el año 1527, las guerras de dominio en Europa se dividía entre dos fuerzas, el ya de por si poderoso imperio español se vio magnificado por su nuevo Monarca, Carlos I de España y, como hemos repetido hasta la saciedad en el colegio sin preguntar por qué, V de Alemania. Esto resumido quiere decir que el vasto imperio hispano-germánico dominaba casi la totalidad de España, Alemania, Flandes (Holanda/Bélgica/Dinamarca por partes) y territorios de Italia. Sólo Francia parecía resistirse al dominio español, como haría a lo largo de toda su historia, y junto a la influencia y apoyo del Vaticano (que no se constituiría como estado hasta casi cuatro siglos después) que veía como el enemigo iba apoderándose paulatinamente de la bota italiana, formaron una alianza con la que trataron de plantar cara al imperio. Absolutamente infructífera. El ejército imperial, plagado de protestantes luteranos aplastó sin mucha tarea a la coalición franco-vaticana. Pero si algo ha quedado demostrado a lo largo de los siglos ha sido la incompetencia de la dinastía de Borbón y el comandante en jefe de este ejercito era el Duque Carlos III, como no un Borbón. A los soldados no les bastó con las mieles del triunfo y la entrada directa en la historia, si no que les dió por reclamar no solo parte del botín, si no además la soldada que llegaba como siempre demasiado tarde, tardando hasta meses para que un soldado raso cobrase un maravedí. Valiente y gallardo al mando del ejercito más poderoso del mundo, no dudó el Borbón en interponer su miedo a un botín a su miedo a Dios y enfilaron hacia Roma, donde recuperarían con creces lo que se les adeudaba y daban una lección por alinearse con quien no debían. El Duque, que en su cobardía no quería sobreexcitar a sus hombres, dejó que la vorágine gobernase en el asalto a la colina vaticana donde reposaban los huesos de Pedro junto a los cimientos de la cristiandad, y todos sus alrededores. Los saqueadores en su condición de protestantes no tenían el más mínimo respeto hacia la institución, pero tenían mucho más que respeto por sus bolsillos, el pillaje fue salvaje, y Roma se convirtió en un estercolero lleno de miseria y muerte. Sólo un veinte por ciento de la población romana sobrevivió al asalto. El que sí sobrevivió fuel el Papa Clemente VII, que con ayuda de un grupo valeroso y reducido de Suizos, llegó hasta el castillo de Sant'Angelo a través de un pasillo conocido como el passetto y se atrinchero allí esperando el asedio, con apenas un centenar de suizos a su cargo que aguantaron inpertérritos las acometidas del imperio. Añadir que no solo el ejercito imperial saqueó la ciudad, si no que muchos campesinos de la zona se unieron a los atacantes con todo el odio propio del oprimido. El Duque Carlos III murió en el frenesí del ataque a las murallas romanas y el mando fue tomado por el Príncipe de Orange, que tras tres días de asedio consiguió parar las tropelías del ejercito y negociar el rescate del Papa y el cese de las hostilidades. Clemente VII tasó su salvación en cuatrocientos mil escudos, se ve que se tenía en gran estima, y eso calmó las ansias del ejercito que vio de esa forma recompensados sus esfuerzos, su sangre y sus salarios.

        Cuando Carlos I se hizo el sorprendido por la dramática victoria que su ejercito había conseguido en su aparente ignorancia guardó luto durante años en una pía pose que llegó a ser creíble y presentó sus disculpas al Papa que tuvo que acceder forzosamente y disponerse ante el nuevo emperador para coronarle hasta tres veces, una como rey de España,otra por Alemánia, y otra como emperador del Sacro Imperio Germánico pagando la cuota necesaria para que la curia mirase a otro lado, normal que siglos después Serrano Suñer proclamase la histórica alianza contra los franceses.

       El Vaticano tenía una deuda para con los suizo que arriesgaron de forma suicida el papado. Y de esta forma, Julio II declaró que la guardia personal del papa sería "in saecula seculorum" suiza, y para su uniformidad usó el típico traje de soldado teñido de los colores amarillo y azul representativos de su familia,y acto seguido León X adjuntó el color rojo para pelotear a los Médicis que eran los que partían el bacalao en aquellas épocas hace algo más de cinco siglos y que  a pesar de su harlequinado aspecto, sigue vigente, impasible, a la visita de turistas y seguirá así hasta que el "Obispo de Roma escape sobre las cabezas de sus apóstoles" pero eso por supuesto, SERÁ OTRA HISTORIA.

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