"Antes de que podamos arrepentirnos tenemos que pecar"
Rasputin
POCOS analfabetos han llegado tan alto, han sido tan poderosos y tan temidos como este misterioso personaje que se coló en la corte de los Romanov en San Petersburgo, la que fue capital de Rusia durante el imperio zarista y su final, una figura que admitió tanto admiración como odio y miedo a partes iguales.
Nació bajo el nombre de Grigori Yefimovich Rasputin, en el pueblo frío y duro siberiano de Prokóvskoye, una zona inhóspita donde la población era rural, carente de acceso a la educación y tan dura como el clima que a duras penas sobrevivían. Ya desde su juventud, especialmente bien entrada la adolescencia fue creando un nombre más que negativo en la zona, era un ávido depredador sexual, bebedor insaciable, maleducado y pendenciero, atributos que no le iban a abandonar a lo largo de su vida. Contrajo matrimonio a temprana edad con una campesina tan analfabeta como él y rápido empezó a brindarle hijos, a los que no tardaría en descuidar. Entre todas estas virtudes, Rasputín era más dado a recoger el trabajo de los demás que a sufrir para disfrutar de los frutos de su propio esfuerzo, así que la fama de ladrón y cuatrero le llegó rápido y no sin motivo. La razón por el que dejó su pueblo natal y hogar difiere según la fuente. Una dice que accidentalmente en uno de sus escarnios mató a un niño, pero otra mucho más divertida dice que al tratar de robarle los caballos a un vecino fue sorprendido por el dueño, que lejos de amedrentarse porque Rasputín blandiese un hacha, cogió una tabla y se lió a golpes con el protagonista de la historia de hoy y su colega de correrías, impactando directamente en la cabeza de Rasputín dejándole fuera de combate y produciendole una profunda hemorragia. Siguiendo esta versión, Grigori se levantó como un hombre iluminado, privilegiado por haber oído la voz de Dios, o eso decía. El caso es que fuese la versión que fuese Rasputín abandonó sus escasas posesiones y a su familia y comenzó su periplo religioso.
Inicialmente ingresó en el monasterio ortodoxo de Verjotuye, pero no como monje sino como peregrino, al asilo de la iglesia que lo aceptó sin preguntar. Durante los meses en los que estuvo ahí voluntariamente recluido aprendió la vida, los rezos y las funciones de un monje ordinario, pero jamás tomó los votos para ejercer el sacerdocio. Tras abandonar el monasterio ingresó en la secta de los Jiystý, una nueva mezcolanza de creencias que aunaban en singular sincretismo la estricta ortodoxia rusa con creencias paganas siberianas dando fruto a una extraña ritualistica que mezclaba el sexo con el dolor del arrepentimiento, creando orgías en las que se llegaban al trance antes de aplicar la dura penitencia que llevaban a la mística, por eso se llamaban flagelantes. Fue ascendido a líder de su pequeña comunidad de feligreses, pero sus perversiones sadomasoquistas rápido consiguió que le echasen de la secta también. Es por eso que los dos siguientes años los pasase deambulando de forma errante para algunos autores, en santa peregrinación para otros, e improvisando según la situación en mi opinión, por que a pesar de tener una educación poco más que básica, era especialmente listo. Los datos de sus viajes son especulaciones así como las fechas. Hay quien afirma que llegó a Israel, pasando por Mesopotamia y otros centros de culto donde se familiarizó con el ocultismo y especialmente el hipnotismo, pero como digo solo se trata de conjeturas. El caso es que se convirtió en una especie de santo mendigo que circulaba por Rusia, hasta el año en que dio con sus huesos en la capital, San Petersburgo, ciudad imperial y palaciega donde los más allegados a la dinastía Romanov que había regido el vasto imperio ruso durante más de tres siglos empezaron a considerarlo un hombre santo o un interesante entretenimiento de alta sociedad.
Era algo nuevo y peculiar en los aburridos y elitistas círculos de la nobleza rusa que no se abría por norma al campesinado, así que cuando este "iluminado" contaba con su rudeza maleducada de los pueblos de la lejana Siberia, los hombres lo consideraban como un testimonio inusual y las mujeres como un atractivo animal sin precedentes. En su condición de santo itinerante Rasputín se dejó una larga barba para aparentar una edad mucho más avanzada, y así una santidad mucho más representativa y respetuosa. Esto, unido a su falta de higiene (por lo visto era literalmente maloliente cuando llegó a San Petersburgo) junto con su penetrante mirada consiguió hacer de su presencia una especie de extraño e inexplicable sex-appeal con el que consiguió que gran parte de las mujeres de alta cuna hablasen de él como de un hombre santo por no hablar de los placeres sadomasoquistas que practicaba con ellas, al más puro estilo Jiystý, el único ritual que se había aprendido a dedillo, y a las que llamaba con cierta displicencia y malicia sus "damitas". Precedido de semejante fama entre los corteses y cortesanas del imperio, y cogido de la mano de un sacerdote llamado Ceofán, fue guiado en poco tiempo y de forma directa ante los zares Nicolas II y Alejandra, esta última zarina de todas las Rusias a pesar de su condición de alemana. Esta tan noble pareja en busca de una apropiada sucesión buscó desesperádamente un varón para continuar con la dinastía, pero una tras otra solo engendraba niñas, cuatro en total, hasta que el tan ansiado heredero del imperio llegó, el zarévich Aleksei, el cual llegó con una enfermedad hereditaria por parte de madre: la hemofilia (o porfíria según otras fuentes). El pequeño heredero del imperio y de la patología sufría de unos dolores horribles hasta que por casualidad (o quizás no tanto) Rasputín llegó al palacio de los Romanov.
A gran parte de las nobles de la época inexplicablemente las había seducido bien fuese en sus palacios como en los baños públicos, donde Rasputín no hacía distinciones entre una duquesa o una vulgar prostituta del cáucaso. En su condición de apestoso playboy lo primero que hizo fue preguntar por la zarina según llegó a palacio. Cuando fue informado de que Alejandra de las Rusias se encontraba asistiendo a su miserable hijo en una de sus crisis insistió e insistió hasta que fue llevado al joven e indefenso heredero que se debatía en el sufrimiento causado por su desconocida dolencia. Rasputín, frío como sólo sus orígenes entienden el significado de la palabra, le hizo al joven zarévich una carantoña en la nariz, se postró al lado de su cama y empezó un numero de plegarias, que no solo calmarían el indecible dolor del joven príncipe sino que alimentaron tanto la ilusión como el agradecimiento de los imperiales padres del niño. Poco a poco y a medida que Raputín aliviaba los sufrimientos del joven príncipe, se asentaba paulatinamente como hombre santo y consejero de la familia imperial. La zarina se refería a Rasputín con cariño y respeto como "el anciano". A medida que su poder e influencia crecía también lo hacían sus numerosos enemigos y su virulencia hacia el "monje loco" como el mismo se dignó a autodescribirse. Siguió durante años pegado a la familia real hasta el comienzo de la primera guerra mundial, en la que contra todo pronóstico y sin explicación alguna instó al zar a no entrar en contienda. Pero las presiones internacionales fueron más fuertes y Rusia se declaró en guerra con Alemania, y a medida que el conflicto fue ganando virulencia y Rusia era atacada por su flanco oriental, el Zar Nicolas II se vio obligado a dejar la regencia de su gobierno en manos de la Zarina mientras él dirigía sus ejércitos. Pero la voz de la Zarina dependía en grado directo de la de Rasputín que una vez tuvo el poder en sus manos empezó a designar a allegados a él y con una moral tan o más cuestionable en cargos de poder, tanto en el gobierno como en la iglesia. Esto ya fue el colmo para la nobleza, que no cansada de ver como este peligroso "santo" vejaba a sus mujeres con el mismo poco decoro con el que hacía a las putas, sugirieron a la Zarina que pusiese a la policía secreta imperial a seguir a Rasputín. Pero por mucho que los informes fuesen desfavorables, su excelencia hacía oídos sordos, ya que una y otra vez, calmaba los dolores del joven príncipe como nadie más sabía hacer, y para ella eso bastaba. Rasputín, mucho más consciente de la realidad civil que la zarina, escribió a esta con sus escasos conocimientos de ortografía y con su dura caligrafía impositiva la siguiente advertencia:
"Si fuesen sus parientes los causantes de mi muerte, entonces, nadie de su familia, es decir, ninguno de sus hijos o parientes, vivirá más de dos años... A mí me matarán. Ya no estoy entre los vivos. Rece, rece; sea fuerte, piense en su bendita familia".
Cansado de tanta influencia sobre la Zarina en ausencia de su marido, el príncipe Yusupov, miembro de una de las familias aristocráticas más ricas e influyentes del imperio decidió, junto a otros disidentes o cornudos por Rasputín, a poner fin de una vez y por todas a la malsana influencia que el pecaminoso santo ejercía sobre la familia imperial. Guiando al falso monje con la coartada de una falsa amistad, o un falso cortejo en la mujer de Yusupov, en función del autor, el noble conspirador le llevó a su palacio, en el que le ofreció pastelitos y vino espolvoreados con cianuro, y si bien Rasputín no era un hombre goloso, dio buena cuenta del vino. Atónito contemplaba el conspirador como degustaba copa tras copa de vino envenenado sin hacerle ningún efecto. Desesperado subió las escaleras donde encontró al resto de conspiradores. Empuñó un revolver como solución drástica a la negativa del "santo" a ser victima del veneno, y según bajó le descerrajó un disparo en el pecho que le dejó inerte en el suelo. Atemorizado por los poderes que se le atribuían a Rasputín subió jubiloso a encontrarse con el resto de conspiradores hasta que uno tuvo la infeliz idea de cuestionar la muerte del perverso personaje. Yusupov, lleno de duda bajó al comedor donde el cuerpo del "santo" reposaba en el suelo. El joven príncipe sacudió el cuerpo consciente de su falta de vida, hasta que el cuerpo cadaver saltó contra su agresor soltando horribles espumarajos de rabia que a poco espantaron el espíritu del príncipe, que como alma que lleva el diablo subió las escaleras gritando que el diablo estaba vivo. Cuando Yusupov bajó escoltado por sus camaradas, el cuerpo de Rasputín no estaba donde debía estar. Lo buscaron desesperadamente hasta que fue encontrado serpenteando huyendo a través de los jardines de palacio, donde Purishkevick (uno de los conspiradores) le pegó un tiro a la altura de los riñones. Un tercer y misterioso disparo perforó la frente del otrora devoto santo del imperio. Yusupov cargó su miedo y su impotencia contra el inofenso cadaver con una barra de acero con la que golpeó repetidas veces el supuesto cadáver. Éste fue echado en el maletero de un coche atado de pies y manos (por si acaso) y echado en un saco con el que se suponía que iba a a terminar su historia en las gélidas aguas del río Nevá, donde se hizo un agujero en el hielo propio del diciembre ruso, y ahí se echó el más que supuesto cadáver del otrora consejero imperial. Dos días después el cadáver del místico fue encontrado, pero no aterido y rigido por el "rigor mortis", solamente congelado y ahogado, y con gesto de tratar de buscar la salida a través del hielo como si ninguna de las heridas infligidas en él hubiesen tenido el más mínimo efecto.
Como hasta la fecha la autoinculpación del príncipe Yusupov es la única versión aceptada como oficial, no entraré en otras que la contradigan en la que mencionan que un certero tercer disparo directo en la frente provenía del servicio secreto británico. Sólo decir que, tal y como vaticinó Rasputín, todos los Romanov fueron fusilados o muertos antes de dos años de su asesinato, con la duda de la pequeña Anastasia, al comenzar al levantamiento bolchevique, pero es casi una anécdota referida a los años de revolución posteriores, pero esa SERÁ OTRA HISTORIA.
Nació bajo el nombre de Grigori Yefimovich Rasputin, en el pueblo frío y duro siberiano de Prokóvskoye, una zona inhóspita donde la población era rural, carente de acceso a la educación y tan dura como el clima que a duras penas sobrevivían. Ya desde su juventud, especialmente bien entrada la adolescencia fue creando un nombre más que negativo en la zona, era un ávido depredador sexual, bebedor insaciable, maleducado y pendenciero, atributos que no le iban a abandonar a lo largo de su vida. Contrajo matrimonio a temprana edad con una campesina tan analfabeta como él y rápido empezó a brindarle hijos, a los que no tardaría en descuidar. Entre todas estas virtudes, Rasputín era más dado a recoger el trabajo de los demás que a sufrir para disfrutar de los frutos de su propio esfuerzo, así que la fama de ladrón y cuatrero le llegó rápido y no sin motivo. La razón por el que dejó su pueblo natal y hogar difiere según la fuente. Una dice que accidentalmente en uno de sus escarnios mató a un niño, pero otra mucho más divertida dice que al tratar de robarle los caballos a un vecino fue sorprendido por el dueño, que lejos de amedrentarse porque Rasputín blandiese un hacha, cogió una tabla y se lió a golpes con el protagonista de la historia de hoy y su colega de correrías, impactando directamente en la cabeza de Rasputín dejándole fuera de combate y produciendole una profunda hemorragia. Siguiendo esta versión, Grigori se levantó como un hombre iluminado, privilegiado por haber oído la voz de Dios, o eso decía. El caso es que fuese la versión que fuese Rasputín abandonó sus escasas posesiones y a su familia y comenzó su periplo religioso.
Inicialmente ingresó en el monasterio ortodoxo de Verjotuye, pero no como monje sino como peregrino, al asilo de la iglesia que lo aceptó sin preguntar. Durante los meses en los que estuvo ahí voluntariamente recluido aprendió la vida, los rezos y las funciones de un monje ordinario, pero jamás tomó los votos para ejercer el sacerdocio. Tras abandonar el monasterio ingresó en la secta de los Jiystý, una nueva mezcolanza de creencias que aunaban en singular sincretismo la estricta ortodoxia rusa con creencias paganas siberianas dando fruto a una extraña ritualistica que mezclaba el sexo con el dolor del arrepentimiento, creando orgías en las que se llegaban al trance antes de aplicar la dura penitencia que llevaban a la mística, por eso se llamaban flagelantes. Fue ascendido a líder de su pequeña comunidad de feligreses, pero sus perversiones sadomasoquistas rápido consiguió que le echasen de la secta también. Es por eso que los dos siguientes años los pasase deambulando de forma errante para algunos autores, en santa peregrinación para otros, e improvisando según la situación en mi opinión, por que a pesar de tener una educación poco más que básica, era especialmente listo. Los datos de sus viajes son especulaciones así como las fechas. Hay quien afirma que llegó a Israel, pasando por Mesopotamia y otros centros de culto donde se familiarizó con el ocultismo y especialmente el hipnotismo, pero como digo solo se trata de conjeturas. El caso es que se convirtió en una especie de santo mendigo que circulaba por Rusia, hasta el año en que dio con sus huesos en la capital, San Petersburgo, ciudad imperial y palaciega donde los más allegados a la dinastía Romanov que había regido el vasto imperio ruso durante más de tres siglos empezaron a considerarlo un hombre santo o un interesante entretenimiento de alta sociedad.
Era algo nuevo y peculiar en los aburridos y elitistas círculos de la nobleza rusa que no se abría por norma al campesinado, así que cuando este "iluminado" contaba con su rudeza maleducada de los pueblos de la lejana Siberia, los hombres lo consideraban como un testimonio inusual y las mujeres como un atractivo animal sin precedentes. En su condición de santo itinerante Rasputín se dejó una larga barba para aparentar una edad mucho más avanzada, y así una santidad mucho más representativa y respetuosa. Esto, unido a su falta de higiene (por lo visto era literalmente maloliente cuando llegó a San Petersburgo) junto con su penetrante mirada consiguió hacer de su presencia una especie de extraño e inexplicable sex-appeal con el que consiguió que gran parte de las mujeres de alta cuna hablasen de él como de un hombre santo por no hablar de los placeres sadomasoquistas que practicaba con ellas, al más puro estilo Jiystý, el único ritual que se había aprendido a dedillo, y a las que llamaba con cierta displicencia y malicia sus "damitas". Precedido de semejante fama entre los corteses y cortesanas del imperio, y cogido de la mano de un sacerdote llamado Ceofán, fue guiado en poco tiempo y de forma directa ante los zares Nicolas II y Alejandra, esta última zarina de todas las Rusias a pesar de su condición de alemana. Esta tan noble pareja en busca de una apropiada sucesión buscó desesperádamente un varón para continuar con la dinastía, pero una tras otra solo engendraba niñas, cuatro en total, hasta que el tan ansiado heredero del imperio llegó, el zarévich Aleksei, el cual llegó con una enfermedad hereditaria por parte de madre: la hemofilia (o porfíria según otras fuentes). El pequeño heredero del imperio y de la patología sufría de unos dolores horribles hasta que por casualidad (o quizás no tanto) Rasputín llegó al palacio de los Romanov.
A gran parte de las nobles de la época inexplicablemente las había seducido bien fuese en sus palacios como en los baños públicos, donde Rasputín no hacía distinciones entre una duquesa o una vulgar prostituta del cáucaso. En su condición de apestoso playboy lo primero que hizo fue preguntar por la zarina según llegó a palacio. Cuando fue informado de que Alejandra de las Rusias se encontraba asistiendo a su miserable hijo en una de sus crisis insistió e insistió hasta que fue llevado al joven e indefenso heredero que se debatía en el sufrimiento causado por su desconocida dolencia. Rasputín, frío como sólo sus orígenes entienden el significado de la palabra, le hizo al joven zarévich una carantoña en la nariz, se postró al lado de su cama y empezó un numero de plegarias, que no solo calmarían el indecible dolor del joven príncipe sino que alimentaron tanto la ilusión como el agradecimiento de los imperiales padres del niño. Poco a poco y a medida que Raputín aliviaba los sufrimientos del joven príncipe, se asentaba paulatinamente como hombre santo y consejero de la familia imperial. La zarina se refería a Rasputín con cariño y respeto como "el anciano". A medida que su poder e influencia crecía también lo hacían sus numerosos enemigos y su virulencia hacia el "monje loco" como el mismo se dignó a autodescribirse. Siguió durante años pegado a la familia real hasta el comienzo de la primera guerra mundial, en la que contra todo pronóstico y sin explicación alguna instó al zar a no entrar en contienda. Pero las presiones internacionales fueron más fuertes y Rusia se declaró en guerra con Alemania, y a medida que el conflicto fue ganando virulencia y Rusia era atacada por su flanco oriental, el Zar Nicolas II se vio obligado a dejar la regencia de su gobierno en manos de la Zarina mientras él dirigía sus ejércitos. Pero la voz de la Zarina dependía en grado directo de la de Rasputín que una vez tuvo el poder en sus manos empezó a designar a allegados a él y con una moral tan o más cuestionable en cargos de poder, tanto en el gobierno como en la iglesia. Esto ya fue el colmo para la nobleza, que no cansada de ver como este peligroso "santo" vejaba a sus mujeres con el mismo poco decoro con el que hacía a las putas, sugirieron a la Zarina que pusiese a la policía secreta imperial a seguir a Rasputín. Pero por mucho que los informes fuesen desfavorables, su excelencia hacía oídos sordos, ya que una y otra vez, calmaba los dolores del joven príncipe como nadie más sabía hacer, y para ella eso bastaba. Rasputín, mucho más consciente de la realidad civil que la zarina, escribió a esta con sus escasos conocimientos de ortografía y con su dura caligrafía impositiva la siguiente advertencia:
"Si fuesen sus parientes los causantes de mi muerte, entonces, nadie de su familia, es decir, ninguno de sus hijos o parientes, vivirá más de dos años... A mí me matarán. Ya no estoy entre los vivos. Rece, rece; sea fuerte, piense en su bendita familia".
Cansado de tanta influencia sobre la Zarina en ausencia de su marido, el príncipe Yusupov, miembro de una de las familias aristocráticas más ricas e influyentes del imperio decidió, junto a otros disidentes o cornudos por Rasputín, a poner fin de una vez y por todas a la malsana influencia que el pecaminoso santo ejercía sobre la familia imperial. Guiando al falso monje con la coartada de una falsa amistad, o un falso cortejo en la mujer de Yusupov, en función del autor, el noble conspirador le llevó a su palacio, en el que le ofreció pastelitos y vino espolvoreados con cianuro, y si bien Rasputín no era un hombre goloso, dio buena cuenta del vino. Atónito contemplaba el conspirador como degustaba copa tras copa de vino envenenado sin hacerle ningún efecto. Desesperado subió las escaleras donde encontró al resto de conspiradores. Empuñó un revolver como solución drástica a la negativa del "santo" a ser victima del veneno, y según bajó le descerrajó un disparo en el pecho que le dejó inerte en el suelo. Atemorizado por los poderes que se le atribuían a Rasputín subió jubiloso a encontrarse con el resto de conspiradores hasta que uno tuvo la infeliz idea de cuestionar la muerte del perverso personaje. Yusupov, lleno de duda bajó al comedor donde el cuerpo del "santo" reposaba en el suelo. El joven príncipe sacudió el cuerpo consciente de su falta de vida, hasta que el cuerpo cadaver saltó contra su agresor soltando horribles espumarajos de rabia que a poco espantaron el espíritu del príncipe, que como alma que lleva el diablo subió las escaleras gritando que el diablo estaba vivo. Cuando Yusupov bajó escoltado por sus camaradas, el cuerpo de Rasputín no estaba donde debía estar. Lo buscaron desesperadamente hasta que fue encontrado serpenteando huyendo a través de los jardines de palacio, donde Purishkevick (uno de los conspiradores) le pegó un tiro a la altura de los riñones. Un tercer y misterioso disparo perforó la frente del otrora devoto santo del imperio. Yusupov cargó su miedo y su impotencia contra el inofenso cadaver con una barra de acero con la que golpeó repetidas veces el supuesto cadáver. Éste fue echado en el maletero de un coche atado de pies y manos (por si acaso) y echado en un saco con el que se suponía que iba a a terminar su historia en las gélidas aguas del río Nevá, donde se hizo un agujero en el hielo propio del diciembre ruso, y ahí se echó el más que supuesto cadáver del otrora consejero imperial. Dos días después el cadáver del místico fue encontrado, pero no aterido y rigido por el "rigor mortis", solamente congelado y ahogado, y con gesto de tratar de buscar la salida a través del hielo como si ninguna de las heridas infligidas en él hubiesen tenido el más mínimo efecto.
Como hasta la fecha la autoinculpación del príncipe Yusupov es la única versión aceptada como oficial, no entraré en otras que la contradigan en la que mencionan que un certero tercer disparo directo en la frente provenía del servicio secreto británico. Sólo decir que, tal y como vaticinó Rasputín, todos los Romanov fueron fusilados o muertos antes de dos años de su asesinato, con la duda de la pequeña Anastasia, al comenzar al levantamiento bolchevique, pero es casi una anécdota referida a los años de revolución posteriores, pero esa SERÁ OTRA HISTORIA.

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