lunes, 15 de febrero de 2016

Atómicos Anónimos


"El valor es aguantar el miedo un minuto más"
George Patton


       EL ONCE de febrero de 1945 se sentaban juntos con aire de victoria, Churchill, Roosvelt y Stalin en Crimea, donde se iban a repartir un mundo destruido, con casi cien millones de muertos en sus conciencias. Posaban sonrientes frente a la prensa que les retrataría como los grandes victoriosos de la contienda, a pesar de no haber disparado una sola bala, habiendo mandado a sus jóvenes a una muerte casi segura a cambio de una medalla y una bandera para las desconsoladas familias. Mientras sonreían mostrando una tosca masculinidad de guerreros, los tres se odiaban los unos a los otros, Roosvelt consideraba que no tenían que haber frenado hasta llegar a invadir Moscu, Churchill despreciaba a los rusos casi tanto como a los americanos y el viejo seminarista ruso odiaba a todos. Aquel día comenzaría casi de forma oficial la guerra fría y a partir de ahí el mundo sería un tablero donde los países se dividirían en amigos, enemigos o inservibles en función del bando desde donde se viese la jugada. Pero a esta terrible situación geo-política faltaba un ingrediente para darle un poco de picante. Apenas siete meses después Little Boy y Fat Man redujeron a apenas dos hoyos humeantes las ciudades de Hiroshima y Nagasaki en Japón. Doscientas cincuenta mil civiles muertos para terminar de una vez por todas la segunda guerra mundial. Ya la gente sabía lo que era una bomba atómica, y se daba por hecho que la siguiente guerra mundial sería la última.


       En Berlín, no solo se construía el muro que dividiría el mundo, sino que los principales servicios secretos se repartían los prisioneros de guerra, especialmente los científicos prácticamente al peso. "A cuanto esta el físico", "Me das estos tres matemáticos y el ingeniero es tuyo", ese tipo de asuntillos. Así que con los científicos necesarios conseguidos en las "subastas" del Checkpoint Charly el ejercito ruso consiguió la bomba atómica tan anhelada antes de una década nivelando las fuerzas con Estados Unidos. Desde ese momento la guerra mediática en la zona influenciada por EEUU fue brutal, todo lo ruso era malo, los comunistas eran diablos que tenían vodka en sus venas y desayunaban fetos de cristianos. Menos mal que gracias a las novelas,a la prensa, al cine, a la radio y a la recién nacida televisión sabíamos de la salvadora existencia del ejercito americano, de los flamantes agentes del FBI y por supuesto, de James Bond. Los comunistas podrían hacer lo que quisiesen más allá de Varsovia, que aquí en occidente estábamos bien cubiertos.

       En este contexto encontraremos a nuestros primer héroe. En el año 1962 estaban a tortas EEUU y la URSS y todos los que estaban entre medio contenían el aire. Kennedy apuntaba a Moscú con sus cabezas nucleares establecidas en Turquía y Kruschev hacía lo propio con las suyas apostadas en Cuba. Los diplomáticos negociaban como locos para frenar lo que hubiese sido un apocalipsis adelantado sin el permiso de Dios. En estas que cercanas a las costas de Cuba, un submarino Foxtrot soviético con cabezas nucleares esperaban el fin de las negociaciones y las ordenes pertinentes, dando por hecho que llagaban si ser vistos. Pero el infierno estaba a punto de abrirse cuando unos destructores estadounidenses descubrieron su posición y comenzaron a lanzar cargas de profundidad ignorando lo que el submarino B-59 llevaba a bordo. Las cargas consiguieron que el sumergible perdiese gran parte de su sistema eléctrico, radares, ventilación e incluso radio. Solamente funcionaban el aparataje necesario para iluminar con luces de emergencia, navegar y lanzar las cabezas nucleares para mandar al mundo a donde se merecería si la diplomacia y el sentido común se veía suplantado por la guerra de poder y dominio. Mientras los destructores esperaban, conscientes de haber dañado al submarino, a que se viese obligado a emerger, bajo el agua se desataba la alarma. Sin noticias de las negociaciones, sin radio y bajo ataque deducieron de forma casi lógica que la guerra había dado comienzo y había que actuar. El calor empezaba a ser agobiante, la concentración de dióxido de carbono iba en aumento y los nervios se desataban cada vez que algún tripulante se desmayaba. Para detonar la cabeza nuclear tenía que haber consenso entre el comandante Savitski, su segundo Arkhipov, y el oficial político Maslennikov. Solo el de menor rango, Arkhipov, parecía mantener la sangre suficientemente fría como para negarse al acuerdo de dar salida a los misiles. Tan terco y valeroso se mostró que no tardó en disuadir a su comandante, y la amenaza quedó en un segundo plano. Finalmente comienzan a emerger a la superficie donde serían capaces de recibir instrucciones del Kremlin entre medias del Task Force estadounidense. Ese mismo día hubo acuerdo entre Washington y Moscú, y el primer capitulo de la tercera guerra mundial fue puesto en espera, completamente ajenos que el oficial Vasili Arkhipov y sus huevos habían salvado al mundo del desastre.

       Pero para huevos, los de Stanislav Petrov. Corría el año de 1983. El mundo casi se había acostumbrado a la guerra fría, y solo los soñadores podían pensar ya en un mundo de entendimiento después de casi cuarenta años de amenazas políticas y juegos de dimes y diretes entre servicios de espionaje y conflictos armados a lo largo del globo. Los actores habían cambiado y ahora llevaban la voz cantante dos calamidades de la naturaleza que por algún motivo habían llegado donde habían llegado: Reagan y Andrópov. Ambos con su escasa mano izquierda habían vertido gasolina nuevamente sobre las más que usadas ascuas de la discordia, para reavivar la guerra fría (hay veces que la poesía puede conmigo), con lo que tenían a todos los actores pendientes para iniciar la tan larga esperada y nunca recibida (Dios mediante) tercera guerra mundial. Pues Petrov era un militar informático que era por añadidura teniente coronel de las fuerzas aéreas soviéticas y por añadidura director de un centro de operaciones cercano a Moscú que monitoreaba las actividades balísticas estadounidenses, y cuando digo balísticas me refiero a misiles transatlánticos capaz de reducir a cenizas cualquier pueblo que se les antoje sin capacidad de redención o cambio de idea. Fue entonces, el 26 de septiembre del ´83, aún 25 al otro lado del mundo (este dato es importante) cuando se detectó en los satélites soviéticos, y por ende en los monitores de la central de Petrov, poco pasado la medianoche moskovita, la alerta roja. Desde el duro estado de Montana llegaba la señal de un misil transatlántico con dirección Russia. Petrov, que con casi toda seguridad y como buen jefe que le toca el turno de guardia habría dicho algo así como "muy grave ha de ser la cosa para que me despertéis", analizó la situación. Su obligación era informar a los altos mandos, y activar el famoso botón rojo que hubiese dado la inmediata respuesta a la guerra nuclear, pero mientras pensaba y analizaba, la pantalla mostraba como otros cuatro artefactos salían desde la misma base, y en la misma dirección. Y sin embargo esperó. Mantuvo firme a su gente esperando una decisión y el bueno de Petrov, frío como solo un ruso sabe ser, aguantó. Si lo piensas tiene lógica: si EEUU ha de empezar una guerra nuclear no va a hacerlo desde una base a quince mil kilómetros de distancia, cuando me tiene rodeado de muchas más cargas, mucho más cercanas y mucho más peligrosas; debe tratarse de un error del satélite. Hay que tener un par para llegar a semejante conclusión sin que te tiemble el pulso. Y total, si en diez minutos no había pasado nada sería un error, y si pasaba pues nada, todos calvos mártires de la causa justa. Pero Petrov tuvo razón, y lo que los monitores recibieron no fueron jamás misiles malintencionados cruzando el atlántico, sino una mala lectura de uno de los satélites soviéticos que interpretaron la reflexión de los primeros rayos solares del equinoccio de otoño con otra cosa bastante más preocupante. Petrov había salvado al mundo como hubiese hecho Arkhipov años atrás. Pero lejos de felicitarle por su buen juicio y templanza lo degradaron por romper con el protocolo establecido y lo sometieron a degradantes y violentos interrogatorios en agradecimiento, pensando que podía tratarse de un agente doble. Solo muchos años después fue reconocido por las instituciones por tenerlos mejor que el caballo de Espartero. Pero eso no compensaría los años de vejaciones que había sufrido por ser un hombre valiente.

       Y así sigue el mundo, mientras los criminales posan sonrientes sobre las brasas de los difuntos, a los héroes anónimos que salvan millones y millones de vidas con decisiones propias de un valor mitológico son callados e incluso vilipendiados. Me consta que no solo fueron los rusos los héroes de esta historia. No hace demasiados años que el ejercito americano desclasificó archivos de honorables desobedientes como habían tenido los rusos, pero a mi no me queda claro si era una forma más de nivelar la balanza o en verdad ocurrieron. Al fin y a la postre se trataba de comunistas convencidos los que habían salvado al mundo, y eso es impensable. Al desgraciado de McCarthy le hubiese dado un infarto, que en mala hora no le dio, pero eso SERÁ OTRA HISTORIA.

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