sábado, 27 de febrero de 2016

Un Repaso Salvaje



"El que se humille será ensalzado. 
el que se ensalce será humillado."
Mateo 23:12

        HOY HABLAREMOS de otro personaje idiota y con la suerte por bandera. Desde que la televisión se instauró en todos los hogares del mundo occidental con más programación que los canales nacionales, siempre hay alguno que muestra películas del oeste para ayudar a las siestas. En estos filmes de Technicolor siempre aparece el Séptimo de Caballería como azote de los insensibles y crueles indios que se dedican al pillaje y a todas las malas artes. Nada más lejos de la verdad, así como su primer líder, un George Amstrong Custer. Sólo un ejemplo de los muchos que vendrán en el futuro de cómo hacer propaganda de un descerebrado bien posicionado puede hacer un héroe mitológico sin casi merecerlo.

        Custer, para abreviar, fue un joven e impulsivo muchacho nacido en Ohio, la parte supuestamente civilizada del nuevo mundo, en el año 1939, en una familia campesina de ascendencia alemana. Su infancia es totalmente irrelevante, hasta que decide inscribirse en la escuela militar. Para el día que se licencie como sub-teniente será el peor estudiante de su promoción, y el segundo peor de la mítica escuela militar estadounidense, con más de setecientos incidentes en su historial, de peleas, desobediencia, mala conducta, borracheras, la lista es prácticamente interminable. Así que este problemático sub-oficial hubiese dado con sus huesos con toda probabilidad en algún punto yermo e inservible de la frontera con el territorio indio a esperar la muerte. Pero por primera vez la "suerte" se le presentó y comenzó la guerra de secesión. Abraham Lincoln, uno de los pocos republicanos influyentes con alma pretendió la abolición de la esclavitud. La zona urbanita estadounidense, el noreste del país que ya estaba comenzando su propia revolución industrial, vio con buenos ojos la innovación abolista, no así los estados latifundistas del sur, que creían necesitar de la mano de obra gratuita africana para seguir anclados en los regímenes agricultores esclavistas de siglos anteriores. Esto es un resumen a muy grosso modo, el caso es que la casi recién formada nación americana nacida de la desobediencia se vio inmersa en un cruento encuentro fratricida, y para Custer tanto mejor. Comenzó un ascenso meteórico, si bien había sido un alumno deleznable resultó ser muy valiente, prácticamente temerario y sus brillantes compañeros de promoción caían como chinches mientras que él no solo sobrevivía sino que ganaba con más suerte que conocimiento la mayoría de las veces. Y se vio accidentalmente en todos los fregados, y con la suerte que la flamante prensa americana siempre parecía estar sólo cuando su irresponsabilidad daba titulares dignos de admiración. Así combatió en Chancellorsville en Virginia, en Gettysburg, en Opequon y en  Cedar Creek. Y en estas contiendas de las que no en todas salió victorioso, sino ileso, había un cronista que mandaría telegramas magnificando su presencia. Estaba tanto en las pomadas, que cuando el General sudista Lee entregó la bandera confederada a los yankees humillándose ante Grant quién la recogió?? por supuesto el entonces General Custer. Porque entonces, y ahora, el ejercito estadounidense promovía oficiales en función de la necesidad que hubiese en tiempos de guerra. Así una vez terminada la guerra civil Custer fue relegado a Teniente Coronel, que era más de lo que se merecía.

        ¿Pero cómo era Custer?. Era un tipo alto, quizás excesivamente alto para su época, casi dos metros de tío, déspota, arrogante, excéntrico, bebedor... y una larga lista de etcéteras peyorativos. Vestía casacas con flecos sobre los que colgaban sus legendarios rizos pajizos que le valieron el sobrenombre de "Cabellos largos" entre los indios. Pero sobre todo un tipo valiente, indisciplinado y soberbio.  Fue dando tumbos de división en división hasta que en el año 1866 la Suerte vuelve a brindarle una oportunidad. El jefe "lacota" (para ellos), "enemigo" (para los franceses), sioux (para la posteridad), Nube Roja, harto de ver cómo los colonos blancos entraban en su territorio a cortar leña, pasó a los leñadores por la piedra. El ejercito estadounidense mandó a ochenta soldados a ayudar a los leñadores, y estos fueron también pasados por la degollina. esto enfureció tanto al ejercito americano que creó el Séptimo de Caballería para combatir a los indios fuesen de la tribu que fuesen. Y al general Sheridan no se le ocurrió mejor idea que colocar al frente del Séptimo de Caballería al descerebrado Teniente Coronel Custer para poder pelear a los salvajes. La celebérrima y flamante formación militar sólo tenía por objetivo hostiar a los indios, contaba con seiscientos soldados de inicio. Un año después, o mejor dicho, un año bajo el mando de Custer después, quinientos de ellos habían desertado. Si no fue a causa del despotismo de su líder, fue resultado de las numerosas enfermedades se dieron cita en el insalubre campamento. Fue en estas circunstancias que Custer vio sus huesos en un juzgado militar; acusado de fusilar desertores sin juicio previo. Custer fue expulsado del ejercito por un año, sin curro ni sueldo. Pero Custer no se adecuó a la "Dolce Far Niente", sino que se adjuntó a la política de la mano del presidente yanquee de origen sudista Johnson. Aunque parezca mentira, un enemigo declarado de los nativos americanos reclamaba para ellos las reservas, o hacinamientos reservados sólo para el uso de los salvajes, un mísero esputo de terreno comparado con las infinitas praderas y llanuras de que gozaban antes. Y entonces llegó Grant.

         Grant, el héroe; Grant el estadista; Grant el victorioso presidente autosuficiente, el cual no tenía el más mínimo cariño por Custer, que si de él hubiese dependido, Custer no hubiese sido más que un mal recuerdo. De la nada un nuevo golpe de suerte, el rumor de que había oro en las Montañas Negras (Montana) se extendió. Hay quien afirma que fue Custer en persona quién corrió el bulo. Las Montañas Negras eran lugar sagrado para los indios. Para los americanos significaría el tan preciado oro del oeste. Como siempre en este tipo de situación ni siquiera los indios escatiman, y alegando que en efecto las Montañas Negras eran sagradas para ellos, pero que ahí oro no había, pidieron al gobierno americano una compensación de más de cincuenta millones de dolares, pero desde Washington no ofrecían más de seis. Obviamente no hubo acuerdo. Para Custer, su reinstitución en el Séptimo de Caballería estaba al alcance de la mano pero Grant no quería ni oír de aquel miserable, y su primera reacción fue negar su vuelta. Pero las Guerras Indias necesitaban acción, y Custer necesitaba volver a tener publicidad con un oscuro deseo, si la guerra de Secesión convirtió a Grant en presidente, las Guerras Indias podían hacer lo mismo por él. Así que se fue como una vieja plañidera a ver a Sheridan que siempre lo había apadrinado, y no solo le conmovió, sino que tomo parte por él convenciendo a Grant de la necesidad de oficiales valientes como Custer para reprimir a los indios, que estaban saliendo demasiado de sus reservas atacando trenes, caravanas y puestos de telégrafo.

       Cuando Custer recobró su regimiento, que no había conseguido más que mal nombre, necesitaba dar un golpe de efecto. Y una vez más Custer la pifió. En Noviembre de 1868 desoyendo la recomendación del General Sheridan, decidió salir en la noche nevada, para sorprender salvajes. Y así llegó con un escuadrón a las proximidades del río Washita donde encontró un grupo de tipis de indios cheyennes. El poblado de Olla Negra. Cuando el sol anunció el nuevo día Custer atacó el poblado sin preguntar aquella de Gila si eran "amigos o enemigos" y se convirtió en una carnicería de mujeres, ancianos y niños que enfureció al ejercito estadounidense, y a los jefes sioux Caballo Loco y Toro Sentado. El poblado cheyenne no tenía un solo guerrero en sus filas, y estaban a orillas del Washita pasando el invierno. Los indios recrudecieron sus ataques en respuesta a semejante agravio. Sheridan lo tuvo claro, y entonando lo de "pa chulo, chulo mi pirulo" se dispuso a devolvérsela a los salvajes. Y no solo en forma de una pequeña reprimenda. Un ejemplar correctivo. Sheridan no era muy dado a las negociaciones con nativos, suya es la frase de que el único indio bueno es el indio muerto. Así que mando a tres regimientos de caballería a atacar a los indios. Las noticias hablaban de un asentamiento en las orillas del Little Big Horn, de unos ochocientos indios. Custer estaba como loco por la música. El tenía casi trescientos a sus ordenes y solo ciento cincuenta millas por recorrer. Pidió permiso al jefe de los tres regimientos, el general Crook para adelantarse y ser así el primero en tomar contacto con los indios. Crook accedió y le ofreció otra dotación de hombres y un par de cañones, pero Custer solo quería la gloria para el Séptimo de Caballería y en especial para él. Llevó a sus hombres a un ritmo desproporcionado, y en sólo un par de jornadas habían recorrido más de ciento diez millas. Los scouts traían "buenas noticias". El asentamiento era más grande de lo que creían. Mil quinientos hombres y Custer encantado porque menospreciaba abiertamente las tácticas militares indias. Pero a los scouts adolecían que debían ser de letras, porque a orillas de aquel frío río de Montana esperaban más de cuatro mil fuertes, la mayor coalición india que el mundo había visto y jamás vería, aunando sioux, cheyennes, arapahoes y otras tribus menores, supuéstamente muchos de ellos rivales históricos pero unidos para la ocasión bajo la bandera del odio al hombre blanco y el liderazgo de Caballo Loco y Toro Sentado, que se la tenían jurada a Cabellos Largos, que para la ocasión se había rapado sus escasos tirabuzones rubios.

       En 1941 Errol Flynn dio vida a Custer en "Murieron Con las Botas Puestas", que presentaba como todas las películas del Oeste, al celebérrimo Séptimo de Caballería sucumbiendo con heroicidad a los ataques de los jefes Sioux. Lo cierto es que si bien Caballo Loco tomó parte en la batalla, Toro Sentado viendo que no le necesitaban se quedó en su Tipi preparando medicinas para los heridos. Los indios destruyeron a Custer y a sus hombres sin piedad en menos de media hora, y los últimos no presentaron tanta valentía como los de la película sino que cuando se vieron acorralados y sin posibilidad de pedir perdón o clemencia se suicidaron en bloque prácticamente. Y Custer no murió con las botas puestas, y si lo hizo, su cuerpo inerte fue desprovisto de ellas, así como de el resto de la ropa a excepción de los calcetines. Físicamente su cuerpo no fue insultado ni defenestrado como se hubiese merecido, le habían cortado un dedo, y mujeres sioux le abrieron los tímpanos con una punta de flecha para que pudiese oír mejor en la próxima vida todo lo que los héroes indios le tendrían que reprochar en la próxima vida. Del Séptimo de Caballería solo sobrevivió un caballo, llamado para más inri Comanche. Sabedores de que no podían quedarse a esperar una segura respuesta del ejercito por tal magra masacre la coalición se volvió a terreno indio. Fue la última gran victoria india, y quedan muchas contiendas por contar, así como la colonización del Oeste Americano, pero eso SERÁ OTRA HISTORIA.

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